La señora
que limpia la galería de arte está tratando de quitar los restos pegados en la pared
que ha dejado la cinta adhesiva que sostenía el plátano. No se habla de otra
cosa entre las compañeras de trabajo. ¿Qué tendría ese plátano para que hayan
pagado por él 6 millones de dólares? Ni que fuera de oro. Los chascarrillos
maliciosos con el plátano han amenizado las pausas para el almuerzo. Pero esta
mancha en la pared se quita mal.
En el gremio
de las señoras que limpian las galerías de arte se cuenta una historia mítica,
una leyenda urbana en la que se sienten protagonistas y que les permite penetrar,
aunque sea simbólicamente, en el territorio inaccesible —cada vez más
extravagante— de los creadores.
En una
feria de arte, entre el trajín de críticos, mirones y compradores, armada con
su fregona y su cubo, cansada tras una jornada agotadora, la mujer de la leyenda
se sentó en una silla. Su rostro, su compostura, el dibujo agobiado de su
cuerpo atrajeron enseguida la atención. Rápidamente las cámaras de los móviles
apuntaron hacia ella.
—Qué
instalación más original —comentó una señora vestida de Gucci.
—Y muy
oportuna —remachó un individuo en vaqueros.
—¿Está en
venta? —preguntaba un avispado inversor experto en lavar dinero propio y ajeno.
Ser
confundida con una obra de arte, he aquí el deseo inconfeso de muchas personas,
incluidas las señoras de la limpieza.
La señora
de la limpieza, nuestra señora de limpieza, sueña con escapar del círculo de
precariedad y pobreza en que está confinada. Aunque para ello tenga que
prescindir de la banana —ni siquiera es un plátano, están a más de tres euros
el kilo— de su almuerzo. Lo pega donde estuvo el plátano afortunado. No espera
que mañana valga 6 millones: se pudrirá allí. Su pequeña obra de arte povera,
reivindicativa y putrefacta. Con un poco de suerte la despedirán y tendrán que
indemnizarla bien porque todos los críticos de arte del país saldrán en su
defensa. Seguro.