martes, 29 de noviembre de 2022

HIMNOS

 

            —Este es un país de pacotilla. Una prueba evidente: nuestro himno no tiene letra. No sé si habrá un caso igual en el mundo.

            —Así los jugadores de la selección no se ven obligados a cantarlo: ponen cara de circunstancias, alzan los ojos al cielo o tararean, según les plazca,  bajo la vista escrutadora de medio país.

            —Y los escasos intentos de escribirle una letra han resultado deplorables.

            —Pues yo recuerdo la letra burlona que cantábamos de pequeños alusiva a Franco y a su culo blanco.

            —No, por Dios, no la interpretes, Nicanor, ahórranos el sonrojo.

            Ahí terció Afrodisio Cabal con el arrogante intento de levantar el nivel intelectual de la charla. Y pontificó de esta guisa:

            —Yo no veo el problema. Al contrario, somos unos pioneros. ¿Os habéis molestado en leer las letras de estos himnos? La mayoría son violentas, patrioteras, hinchadas de nefasto nacionalismo. Poesía de la peor ralea. El día en que los himnos no tengan letra habremos avanzado hacia la confederación universal. Las palabras separan. Y el día en que no haya ya himnos, la Música y la Solidaridad Internacional, estarán de enhorabuena.

            —¡Anda, que no queda!

            —Sí, pero en ello laboramos, que dijo el clásico.

 

miércoles, 23 de noviembre de 2022

LOS CIPRESES





Preocupados por la escasez de recursos hídricos, los planificadores de este parque a orillas de Mediterráneo recurrieron a especies de arraigada tradición, bien aclimatadas al terreno: olivos, palmeras, pinos, adelfas, cipreses. Pero una sequía severa y pertinaz se cebó con todos ellos, especialmente con los cipreses, muchos de los cuales hubieron de ser sacrificados; otros muchos, agostados, sufrirán pronto la misma suerte.

El ciprés, ese árbol espiritual, que entre nosotros ha pasado a asociarse a la muerte, pero que en otras culturas era símbolo de resistencia vital e inmortalidad, ofrece aquí una penosa estampa de desolación. Su propia muerte es la imagen más veraz del duelo.

No sabemos si estos cipreses creerán en Dios, como titulaba la novela de Gironella, pero habrían de ser muy estúpidos para no creer en la emergencia climática.




lunes, 21 de noviembre de 2022

BARCAS

 







¿Descansan? ¿Sueñan?

Quizás añoran

bailar sobre las olas,

sentir en el costado

el beso del peligro,

el oscuro presagio del naufragio.

Barcas varadas:

síndrome del ocaso.

lunes, 14 de noviembre de 2022

SUBJUNTIVO

«Nos preocupa, y con razón, la extinción de plantas o de animales. Pero, por deformación profesional, a mí me preocupa más la extinción del subjuntivo».

Así se expresaba un filólogo, buen observador de los usos lingüísticos, al comprobar cómo cada vez se usa menos el subjuntivo, el modo de lo simplemente probable o ya irreal, del deseo, de la incertidumbre. La marca de un lenguaje más matizado, más complejo, más profundo. El antídoto contra el contagio de una forma de expresión cada vez más plana y empobrecida.

He recordado esta afirmación pesimista del filólogo al escuchar a un vendedor de cupones: «A ver si hubiera suerte hoy». Se lo decía a la compradora, una madre joven -sin duda muy necesitada de un generoso golpe de suerte- que llevaba a su hija pequeña en un carrito de bebé de segunda mano. Ese «hubiera», en pretérito imperfecto de subjuntivo, me ha sonado clásico, sabio, muy hermoso; y me ha esperanzado respecto a la buena salud del idioma preservado en hablantes del pueblo. 

He aquí la sutil y honda formulación de un buen deseo, respetuosa con los caprichos del azar, casi como una oración a la diosa Fortuna, como corresponde a alguien que es su administrador cotidiano.

¡Ojalá hubiera muchos hablantes del idioma con la finura de este vendedor del cupón!


viernes, 11 de noviembre de 2022

LA RANA

 




Era el cuarto grupo del día, ya había oscurecido y las palabras de la guía sonaban cansadas, rutinarias.

—En un lugar de la portada hay una rana. La tradición dice que el estudiante que la encuentra aprueba sus exámenes…

Una mirada melancólica compartida recorre el grupo.

—Como no sea en las aulas de la tercera edad…

—O en la Universidad de la Experiencia.

Siempre hay algún gracioso, sobre todo si es un grupo de jubilados recientes. La guía esboza un amago de sonrisa y deja un tiempo para la búsqueda afanosa. Está de espaldas a la fachada, observando cómo los teléfonos móviles la fotografían y la alumbran. Podría describirla con los ojos cerrados, tantas veces ha repetido las mismas frases.

—A ver quién es el primero que la encuentra. Que me lo diga al oído. Le haremos la ola.

Pero ninguno da con en el dichoso batracio. «Hay que contar también con que es de noche y muchos de ellos no tienen buena vista», piensa.

—Os doy una pista: está sobre una calavera.

Pasa un rato. Ella continúa con las explicaciones —mitad historia, mitad leyenda— para darles tiempo. En vano. Nadie la encuentra.

—Yo veo la calavera, pero no la rana —afirma una mujer.

La guía se vuelve, impaciente y la busca ella misma. Pero la rana no está donde debiera. Ha saltado. Al fin y al cabo es una rana, y tantos siglos posada sobre el frío hueso de la calavera no hay quien los soporte, aunque una sea de piedra. Vaya usted a buscarla ahora en el abigarrado tapiz plateresco de la fachada. Quién sabe si está buscando un cráneo de verdad sobre el que posarse. El cráneo pelado de un jubilado. Quién sabe si se ha cansado de ser un misterioso símbolo y solo aspira a una charca tranquila donde humedecer su piel reseca de siglos y atormentada por los cantazos con que antaño los gitanillos armados de tirachinas -guías sin licencia- señalaban a los turistas su exacta ubicación.

Menos mal que en el grupo de jubilados nadie tiene ya que examinarse de nada.

—Ah, y no soy una rana. Soy un sapo —hubiera dicho el batracio si fuera un animal de fábula y el autor le hubiera dado el don del habla.








domingo, 6 de noviembre de 2022

LA PEONZA

 




La escena a la que asiste el ocioso curioso en el parque se diría planificada por un cineasta aprendiz. En el primer plano (exterior, día) aparece un niño de unos diez años sentado en un extremo del banco, abstraído. El mundo no existe para él, tan solo le interesa la batalla que libra en la pantalla de siete pulgadas del móvil: cualquier despiste le puede costar una vida.

Si abrimos el plano descubrimos a su padre: está jugando con una peonza. Se demora enrollando la cuerda alrededor del cuerpo de madera, sujetándola invertida en la mano y soltándola con diestra sacudida; finalmente, la recoge con cuidado del suelo para conseguir que termine su baile en la palma de la mano. Seguro que el cosquilleo de la punta de hierro sobre su piel guarda ese tacto punzante, agradablemente doloroso, de los recuerdos de infancia.

El ocioso curioso no puede evitar un pensamiento melancólico acerca de su propia niñez y de lo que él considera una degradación del juego: cuanto más sofisticado es el juguete menos espacio queda para la verdadera acción —la que implica todo el cuerpo— y para la imaginación. ¿Quién le enseñará a estos niños la poderosa belleza que reside en la sencillez? Menos mal, se consuela, que el padre no da la guerra por perdida y, a pesar de que su hijo ni se molesta en mirarlo de reojo, continúa con su labor, una y otra vez, con la esperanza de llegar a despertar su curiosidad.

Abramos un poco más el plano, hasta llegar casi al gran angular. Sobre el otro extremo del banco hay otro móvil sujeto en un pequeño trípode: está captando la imagen del padre y sus didácticas maniobras con la peonza. Pronto colgará en la Red su tutorial de cómo hacer bailar una peonza.

El ocioso paseante abandona la escena con el ánimo turbio y amostazado, avergonzado de su ingenuidad, tan impropia de los años que carga a las espaldas.



miércoles, 2 de noviembre de 2022

DÍA DE ÁNIMAS



En el viejo cementerio abandonado de la ermita, poseído por un furor grafómano que no respetó ningún espacio libre, el anónimo y paciente artista grabó en la piedra  su fúnebre lección de humilde filosofía, cobijada bajo el ingenuo símbolo de la calavera y condensada en tres tiempos verbales: No existía, he existido, ya no existo.