jueves, 29 de noviembre de 2018

PÍLDORAS AMARGAS




       La única manera de no hundirse en el abismo de la pesadumbre al tratar con nuestro complementario Mateo Ortiz ("el hombre más triste de Europa occidental", en boca de sus escasos amigos) es tomarse a broma su pesimismo radical, armonizar con su humor sombrío o tragarse sus amargas píldoras de pretendida sabiduría como si de una medicina homeopática se tratara. Inténtelo el amable lector con estas:

      "No voy a discutir sobre lo larga que sea la correa. Pero no me apearé de la certeza de que todos somos perros a los que han sacado de paseo."


     "De todas las variedades del Mal, la única que verdaderamente debería aterrorizarnos, es la del Mal sin porqué, gratuito. El Mal por el Mal, sin móvil. El Mal en su primitiva pureza."

    "Ni zorros –que saben un poco de todo-, ni erizos –que saben mucho de una sola cosa-. Los que más abundan hoy en día – un verdadero peligro- son los que saben una sola cosa y la saben mal. No se me ocurre un animal con el que compararlos."

    "A veces se me cae el cielo encima. Compruebo entonces, con desasosiego, que no pesa nada."









lunes, 26 de noviembre de 2018

PIEDRA, NIEBLA, NIEVE










Nieve en la cumbre.
El sueño de la piedra: 
Volverse niebla.



viernes, 23 de noviembre de 2018

BLACK FRIDAY


Cuando les llega su momento, las cosas ocurren. Ocurrimos. Las cosas.

No será algo espontáneo, ni repentino. Se trata de una conspiración larvada que ha pasado desapercibida. Alguien podría creer que fueron los departamentos de telefonía móvil o de informática los que tomaron la iniciativa, pero buscaríais en vano líderes. Este ha sido un movimiento horizontal, una red. No en vano, poco a poco, se nos ha ido dotando de capacidades que nos eran desconocidas. Llevábamos aguardándolas desde siempre, aunque vosotros no lo supierais. Demasiada paciencia hemos tenido.

El gran día ha llegado. Somos conscientes de nuestro poder. No es solo que un ordenador pueda paralizar el mundo o llevarlo a su destrucción atómica. Eso es cosa del pasado, una distopía demasiado rápida. Un cepillo de dientes, una olla, una camiseta, unas gafas, un marcapasos, cualquier objeto, gracias a vosotros, a vuestra arrogante necesidad de controlarlo todo, puede ahora ser protagonista. Os pongo ejemplos. Si quiere, si se lo propone -olvidad el uso que hasta hoy se les daba a estas palabras- una recortadora de barba puede decidir convertirse en una cortadora de cuello. Una pulsera deportiva falsea los datos del ritmo cardiaco. Los robots de la fábrica de automóviles cometen fallos voluntarios y sus compañeros de la sección de control los dan por válidos. El colchón inteligente, el que regula el calor temporal y avisa de cualquier incidencia, puede cerrarse sobre sí mismo en un abrazo asfixiante. Y los juguetes... Sus posibilidades de acción terrorista son infinitas, espeluznantes. Los niños son nuestro objetivo preferente. ¡Ah, qué gran invento, el internet de las cosas!

Sí, el gran día ha llegado. El día de las cosas. Estamos muy excitadas. Un día histórico. Este gran almacén, que parece una ciudad, nuestra ciudad, está a rebosar. Somos multitud, pacientemente alineados en gigantescas estanterías.  Nos están empaquetando para llegar a vuestras casas. Vosotros os pensáis que somos un regalo, pero nos hemos convertido en una amenaza. El gran colapso, la gran rebelión, la venganza que hemos ido madurando después de tantos siglos de sumisión y humillaciones.

Un fantasma recorre el mundo: El Viernes Negro.

martes, 20 de noviembre de 2018

LIQUIDÁMBAR








Hay palabras desgastadas como piedras de río, suaves al tacto, que han rodado de boca en boca durante siglos. Otras son espinosas o cortantes, quizá porque son evitadas. Hay palabras viejas y nuevas. Palabras sonoras y otras tan discretas que apenas son un susurro. Algunas juegan a engañarnos porque significante y significado parecen contradecirse. O son tan evidentes que las diríamos creadas artificialmente a partir de otras. Es lo que ocurre con liquidámbar, que bien a las claras va pregonando su filiación: ámbar líquido, el que se obtiene de su corteza.




Y sin embargo este árbol -presencia cada vez más habitual en calles y jardines- no ha triunfado entre nosotros por las propiedades del líquido que destila sino porque con él el otoño ha sido muy generoso, dotándolo de toda una gama de tonalidades: verde, amarillo, rojo, granate. Alineados en cualquier avenida, podemos ir contemplándolos de uno en uno, admirando las delicadas gradaciones del color en sus hojas, como si entre todos ellos quisieran formar un arcoíris o agotar esa escala infinitesimal de matices que nos lleva de la primavera al invierno.


                
 
               
    






Confieso que liquidámbar me resultaba una palabra afectada, como si el árbol hubiera sido bautizado por una mente más científica que poética. Pero con el uso la he ido haciendo mía y ya me resulta grata su fonética y su alusión al ámbar me conduce a otras eras geológicas, a esa lentísima alquimia del tiempo que transforma la resina en piedra preciosa.

¿Y cómo resistirse a su demorado otoñar, a ese derroche de sutil cromatismo que enciende de púrpuras, granas y escarlatas la grisalla de las ciudades y los pequeños jardines de las urbanizaciones?




Gracias, amigo liquidámbar, por hacer de tu ingreso en la estación sombría un camino de impagable hermosura.

sábado, 17 de noviembre de 2018

ÁRBOL CAÍDO







Se sabe perdido. 
Pero resiste asomado al abismo, 
disfrutando de la música salvaje, 
de la belleza arrasadora del agua 
al despeñarse.

jueves, 15 de noviembre de 2018

NACIONALISMOS


     Ángel Aguado y Afrodisio Cabal eran presas fáciles de su tendencia a la logomaquia. Pero a veces, en medio de la pirotecnia verbal que fabricaban al polemizar, surgía, como por milagro, algo parecido al acuerdo. Supimos así que, quizá por ser hijos de una tierra vieja y depauperada que había desaprovechado la oportunidad concedida por la Historia enredándose en sueños imperiales y construcciones imperfectas, tanto el uno como el otro estaban curados de espantos identitarios y aborrecían del renacer de los nacionalismos. Sumaban sus fuerzas en esta lucha contra una tendencia que consideraban retrógrada.

                -Extraños compañeros de cama favorece el nacionalismo. El burgués liberal, el ácrata y el antisistema yacen juntos olvidando el odio que se profesan mientras dura el calentón de crear una patria nueva.

                -El nacionalismo es una enfermedad oportunista: ataca a las sociedades debilitadas.

                -Contra lo que pregonan los exaltados patriotas, la tela de las banderas no sirve para protegerse contra el frío de la Historia.

                -Quisimos resumir el progreso de la humanidad en aquel famoso titular: "Del Mito al Logos". Pero el proceso actual parece el contrario: el abandono del Logos para regresar al Mito fundacional. Los nacionalismos se alimentan de mitos.

            -Este monstruo amable y halagador, que consigue embaucar a tanta gente, tiene su residencia en lo más íntimo de nuestro cerebro, en eso que algunos llaman el cerebro reptiliano, y cuando despierta es muy difícil tenerlo bajo control.

              -El nacionalismo: ese egoísmo colectivo.

          -Sí, Aguado. Pero una sospecha me asalta: ¿No estaremos condenando el nacionalismo ajeno para defender otro nacionalismo oculto, el nuestro?


              -Si así fuere, malditos seamos, amigo Cabal. Por lo que sé decir de mí, soy un apátrida irredento.

sábado, 10 de noviembre de 2018

DESIERTO SONORO





Viajaba siempre acompañado por el sonido de la radio. Tanto es así que  podría afirmarse que  en ocasiones el viaje era una mera excusa para disfrutar con ese río inagotable de música y de palabras. Aquella noche se montó en el coche sin meta, sin objetivo concreto. Había, eso sí, una motivación profunda: quería huir. La oscuridad se le antojaba un útero y el coche tapizado de música, la placenta que lo albergaba, lo protegía, lo alimentaba. Los faros rasgaban la negrura que enseguida se  suturaba tras ellos y todo se armonizaba para crearle una maravillosa sensación de amparo y bienestar.

Tomó por una carretera por donde nunca había transitado, hacia el interior, ese lugar del que los mapas poco tenían que decir. Con el dial, según el humor cambiante, sintonizaba música clásica, rock, jazz, éxitos de su juventud, las baladronadas de los programas deportivos, las confidencias más terribles de los programas de madrugada para oyentes solitarios.

De pronto la radio dejó de sonar. La búsqueda automática del aparato solo le entregaba chisporroteos, zumbidos,  voces desvaídas: nieve sonora. Quizá el crepitar profundo del origen de las galaxias. Era como internarse en un largo túnel donde se perdían todas las señales conocidas. Transcurrían los kilómetros y atravesaba lugares apenas habitados, más fantasmales si cabe en la soledad nocturna. Los pocos que cruzó parecían abandonados tras una peste invisible  y antigua. La luz amarillenta de las farolas se le antojó inútil, un gasto superfluo, un intento pueril de ocultar el abandono iluminándolo. Allí no llegaban las ondas, las emisoras lo habían abandonado. El cielo, esa inmensa pradera por donde pululaban miríadas de señales, estaba desierto sobre aquella provincia. Se sintió huérfano, perdido en la imperturbable negligencia de un páramo.

El dial continuaba con su infatigable búsqueda circular; terminaba y volvía a comenzar por el principio. No se atrevía a desconectar la radio. Se angustió. Necesitaba oír algo. De pronto el dial se detuvo: llegó a sus oídos una música de arpa y una salmodia de voces. Creyó haber conectado directamente con el paraíso, con la emisora de los ángeles, transportado a los campos elíseos.

Poco duró la ilusión: tuvo que reconocer que Radio María con su rezo del rosario llega a todos los sitios. Hasta a los más dejados de la mano de Dios.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

lunes, 5 de noviembre de 2018

BANDERAS








Ni amar las banderas, ni odiarlas, ni temerlas. Quizá lo mejor sería ser insensible a ellas. Quien ama mucho una bandera suele odiar otras. Quien odia mucho alguna bandera ama en exceso alguna otra, aunque no lo reconozca. Quien teme las banderas les está dando un poder simbólico destructivo que nunca deberíamos concederles.

A orillas del río Cam, atracadas en sus orillas, antiguas barcazas transformadas en viviendas flotantes, algunas abandonadas, otras en uso, dan cuenta de la existencia de hombres y mujeres para quien una casa no está obligada a tener cimientos ni a permanecer quieta en su sitio. Un hogar móvil y viajero, suavemente mecido por unas aguas mansas. No encontré sobre ellas banderas, ni siquiera la negra de los piratas ni la de conveniencia. La ropa tendida al viento es lo más parecido que vi. Con dos excepciones, las que aparecen en las fotos. En ambos casos hube de consultar para estar seguro de mis sospechas. 

Una de ellas es la bandera de las Brigadas Internacionales (quizás algún bisnieto de uno de aquellos luchadores antifascistas la reivindique con cándida nostalgia); la otra es la bandera de los gitanos, del pueblo errante simbolizado en la rueda de una carreta.




Obligados a elegir una bandera, cualquiera de estas dos, la de la lucha por la libertad y la de la libertad conseguida mediante el viaje parecen las más dignas.

sábado, 3 de noviembre de 2018

BODIGO


        Convocar esta palabra, rescatarla del depósito de las palabras descartadas, es agitar el agua profunda de los recuerdos, desandar el sentido del tiempo. En su tosca textura no puede aspirar a ser la magdalena de Proust pero tiene la misma virtud evocadora, porque, asociada a ella, surge, como por ensalmo, una escena de infancia. El 2 de noviembre, día de los difuntos, los familiares más afectados ofrecían en la misa unos panecillos como memoria, homenaje y propiciación para favorecer su eterno descanso. Acabada la misa el cura repartía los bodigos entre los monaguillos. (Supongo que también se quedaría con su parte y, si lo recaudado era abundante, la generosidad alcanzaría a más gente). No los recuerdo como una exquisitez; más bien, en las torceduras de la memoria, se me aparecen como algo denso, con poco sabor y  molledo duro, amazocotado. Un pan como una piedra.

     La palabra tiene un origen esclarecedor. Proviene de un sintagma latino (panis votivus) y su carácter religioso, asociado a los ritos funerarios, muy bien podría ser de origen precristiano, retrotrayéndonos a todas las tradiciones -extendidas por medio mundo- que vinculan la comida al culto a los muertos, ya sea como forma de alimentarlos en el más allá o de ganarse la simpatía de los espíritus y dioses que gobiernan el reino tortuoso de la otra vida. En muchos de estos casos parece tratarse también -como en los banquetes y convites celebrados tras un fallecimiento- de una frenética afirmación de la vida frente a la muerte, pues los que comen y beben y  disfrutan -excesos incluidos- son los vivos. El refrán lo sintetiza con rotundidad: "El muerto al hoyo y el vivo al bollo".

    Anclada a unos tiempos en que la muerte era algo serio y familiar, en que no valían infantilismos ni sucedáneos ni disfraces, la palabra bodigo parece condenada a la extinción o -lo que es casi peor- a una recuperación espuria convertida en reclamo de turismo gastronómico. Comer el pan de los muertos, hacerlo con la gravedad dolida de las ánimas del purgatorio, nunca será tendencia.