En otra de esas tertulias
informales de jubilados ociosos a que asisten algunos de nuestros complementarios, cumpliendo el ritual repaso a la actualidad
siempre trufado de nostálgicas referencias a las bondades del pasado, la conversación derivó hacia un existencialismo de andar por casa pero no por ello
menos intenso.
—Me he cansado de
buscarle sentido a la existencia. A mis años no tengo fuerzas ni ganas.
—Podría ser que la
existencia no tuviera sentido, que fuera una absurda y cruel broma de los
dioses.
—Dejemos a un lado el
sentido. Es una palabra pretenciosa. Y conformémonos con el sentidiño,
que dicen los gallegos, así con un diminutivo cariñoso. No el Sentido de la Vida, sino el sentidiño de cada momento, de cada día.
Aquí intervino Zenón,
licenciado en Románicas y profesor jubilado de Lengua y Literatura castellana.
—En gallego sentidiño
tiene otro sentido (si se me permite el juego de palabras). Se refiere a lo que
en castellano llamaríamos ‘sentido común’, esa cordura necesaria para no obrar
ni hablar a lo loco, irresponsablemente, con precipitación o ignorancia. sin
prever las consecuencias de nuestras palabras o nuestros actos.
—Bien está la precisión,
amigo Zenón, cierto es que en estos tiempos que vuelan más que corren, una
buena ración de sentidiño quizá evitara muchos problemas a la humanidad.
—Propongo una cosa: adoptemos y resignifiquemos la palabra sentidiño
que, a partir de ahora, tendrá dos significados. A la humanidad en su conjunto
le vendría muy bien más sentidiño para no repetir los trágicos errores del pasado y en la vida de cada uno habría que
buscar esos sentidiños cotidianos y al alcance la mano: un paseo por el
campo, la sonrisa de tu nieto, la lectura de un buen libro, una tarde soleada
de otoño, la llegada de una buena noticia, el olor de una rosa tardía…
—O una reunión de viejos
amigos como esta. Bebamos, pues, por el sentidiño.
—¡Bebamos!
