Caídas del árbol,
irremediablemente,
parecen aferrarse
a su reflejo.
Así nosotros
con los recuerdos,
con el pasado,
con nuestras pérdidas.
Caídas del árbol,
irremediablemente,
parecen aferrarse
a su reflejo.
Así nosotros
con los recuerdos,
con el pasado,
con nuestras pérdidas.
Y entonces se oyó una voz que clamaba en el desierto:
-¡No bailaré al ritmo de un algoritmo!
La mujer avanza con dificultad, a trompicones, sujeta de los brazos de su hija y su yerno, por el jardín de la residencia de ancianos. Mientras anda va musitando los versos del poeta, como una oración propiciatoria para sus piernas tan débiles: "Caminante, no hay camino/ se hace camino al andar..." Ahí se detiene. Su mente, estragada por la amnesia, no le permite continuar. Pero ya es mucho. Esas palabras han resistido más que el nombre de sus nietos, más que su propio nombre.
Al poeta no le habría desagradado esta forma precaria de posteridad: sus versos preservados del olvido en la sustancia blanda, enferma, del cerebro de la anciana, se apagarán con ella. Mejor esto, más humano, que la falsa eternidad de estos versos grabados en la piedra o en el bronce.
En otra de esas tertulias
informales de jubilados ociosos a que asisten algunos de nuestros complementarios, cumpliendo el ritual repaso a la actualidad
siempre trufado de nostálgicas referencias a las bondades del pasado, la conversación derivó hacia un existencialismo de andar por casa pero no por ello
menos intenso.
—Me he cansado de
buscarle sentido a la existencia. A mis años no tengo fuerzas ni ganas.
—Podría ser que la
existencia no tuviera sentido, que fuera una absurda y cruel broma de los
dioses.
—Dejemos a un lado el
sentido. Es una palabra pretenciosa. Y conformémonos con el sentidiño,
que dicen los gallegos, así con un diminutivo cariñoso. No el Sentido de la Vida, sino el sentidiño de cada momento, de cada día.
Aquí intervino Zenón,
licenciado en Románicas y profesor jubilado de Lengua y Literatura castellana.
—En gallego sentidiño
tiene otro sentido (si se me permite el juego de palabras). Se refiere a lo que
en castellano llamaríamos ‘sentido común’, esa cordura necesaria para no obrar
ni hablar a lo loco, irresponsablemente, con precipitación o ignorancia y sin
prever las consecuencias de nuestras palabras o nuestros actos.
—Bien está la precisión,
amigo Zenón, cierto es que en estos tiempos que vuelan más que corren, una
buena ración de sentidiño quizá evitara muchos problemas a la humanidad.
—Propongo una cosa: adoptemos y resignifiquemos la palabra sentidiño
que, a partir de ahora, tendrá dos significados. A la humanidad en su conjunto
le vendría muy bien más sentidiño para no repetir los trágicos errores del pasado y en la vida de cada uno habría que
buscar esos sentidiños cotidianos y al alcance la mano: un paseo por el
campo, la sonrisa de tu nieto, la lectura de un buen libro, una tarde soleada
de otoño, la llegada de una buena noticia, el olor de una rosa tardía…
—O una reunión de viejos
amigos como esta. Bebamos, pues, por el sentidiño.
—¡Bebamos!
El mar,
ensimismado.
Ya se
rompa mil veces
contra una
roca vieja;
ya
desfallezca lento,
sublimado
en espuma
sobre la
playa extensa
o fulgure al ocaso
con su cuerpo desnudo,
nunca
verás su entrega,
ni alcanzarás sus límites.
Con la
mirada ansiosa
pretendes
incitarlo
a sumarse
a tu mundo
de
paisajes pequeños,
de deseos inmaduros,
de asuntos anodinos.
Pero él te
ignora siempre,
afianzado
en su ser.
Pues nada
necesita:
todo lo
tiene en él.
La Bestia no
se sacia nunca.
Devora
todo cuanto encuentra a su paso, todo cuanto le presentan. Es la nueva Diosa:
omnipresente, omnisciente, omnipotente. Y como los viejos, crueles dioses exige
sacrificios humanos. Evolucionada, ya no gusta de la sangre y la carne,
prefiere que se le entregue la esencia del ser, el alma, los recuerdos, los
deseos, todo lo que esta menguante humanidad ha creado, imaginado, sentido a lo largo de los
siglos.
La Bestia
ha engullido libros, sinfonías, datos, prospectos médicos, grimorios, canciones,
leyes, mapas, fórmulas matemáticas, estadísticas, retratos… y todas las
imágenes del mundo. Nada desprecia. Todo le sirve para aumentar su poder.
Cuentan que últimamente tiene un capricho de gourmet: los viejos, polvorientos,
olvidados libros de las librerías de lance, de los chamarileros y de las
bibliotecas de pisos repletos de joyas bibliográficas de las que los herederos
hacen almoneda.
La BestIA
no se sacIA nunca.
(Ha enviado
sus glotones bots a engullir incluso este humilde, provinciano blog donde se la zahiere con frecuencia).
Aunque nuestra vida sea monótona y gris, en cuanto abrimos la boca para contarla ¿quién resiste la tentación de hermosearla, de colorearla? Solo hace falta echar un vistazo a las redes sociales, el reino sagrado del postureo.
Vivir para contarlo ya no es el lema del memorialista ni del biógrafo ni del novelista, sino la razón última de cuanto mucha gente hace.