La Laguna Negra, hoy.
Todo por llevarle
la contraria a tu nombre:
Laguna Negra blanca.
Cuaderno de creación literaria donde encontrarás textos y fotografías originales del autor.
Otro día, Afrodisio Cabal
se dejaba llevar por ese pesimismo contagioso, a lo mal du siècle, que
se está adueñando de tantas personas de toda edad y condición.
—La balsa de la humanidad
está atravesando uno de esos parajes de rápidos en el río. Todo va cada vez más deprisa,
hay demasiadas turbulencias. Da la impresión de que podemos zozobrar en cualquier momento. Y hemos entregado el timón a los más insensatos, a los menos capacitados
de la tribu —se lamentaba.
—Tras la tempestad viene
la calma. Tras los rápidos, los remansos —trataba de animarlo, sin mucha
convicción, su amigo y contertulio Aguado.
—Ojalá tengas razón. Pero
a mí me parece oír ya el estruendo de la catarata.
Sobre el árbol nevado,
luchando contra el frío,
en el silencio blanco,
canta, diminuto,
el corazón del pájaro.
Era
un hombre extraño.
Mientras
tecnócratas multimillonarios y autócratas narcisistas y crueles invertían
ingentes cantidades de dinero en encontrar la manera de prolongar su vida
indefinidamente y hacían soñar con esa inalcanzable fantasía al pueblo llano,
él se reconcomía ante lo que consideraba la última de las traiciones a la
humanidad.
«Han
llenado el mundo de confusión y ruido. Han emponzoñado las relaciones humanas y
nos han intoxicado con el veneno del militarismo y el lucro. Han hecho todo lo
posible para que pensemos que la Verdad es otra más de sus falacias. Y ahora
nos quieren arrebatar la única certeza que da verdadero sentido y valor a la
vida: la seguridad de que un día moriremos».
Sí,
era un hombre raro.
Aquel
viejo país arrastraba una herida secular que lo cruzaba de costa a costa y
dolía a sus habitantes. Se había probado de todo para curarla: sutura,
cauterio, sangría; cirujanos de hierro, saludadores, arbitristas, homeópatas,
utopistas, demagogos, ilustrados, populistas… Se usaron el olvido y la
clemencia, la brutalidad y el engaño. La herida seguía abierta, recidivaba a la
menor ocasión. Durante algún tiempo de tregua pareció cerrada pero ha vuelto a
supurar cuando ya se creía cicatrizada.
Este
país y su herida incesante.