Detenido, averiado, sin cuerda o con la pila agotada, de su dueño tal vez olvidado, silencioso y
cubierto de polvo, como el arpa becqueriana.
Pero no
inútil.
Dos veces
al día da la hora exacta del oscuro lugar en que reposa (algo de lo que muchos
relojes no pueden presumir tras perseguir incesantemente y sin lograr
alcanzarla esa hora que siempre se les escapa por segundos).
Y siempre está marcando la hora exacta de algún punto del planeta, sin necesidad de moverse
de sitio.
Ya no persigue al Tiempo. Es el Tiempo quien viene a su encuentro. El reloj parado.
