(De Despoblados, editorial Juglar, 2026)
Cuaderno de creación literaria donde encontrarás textos y fotografías originales del autor.
Ahora que que el ojo humano acaba de ver por primera vez la cara oculta de la luna, su piel castigada por la viruela de los impactos de los meteoritos, ahora que hemos descubierto que su secreto era no tener secretos, nuestro satélite se ruboriza sobre el mar, como avergonzado.
No hay selenitas en la luna, pero en la tierra cada vez hay más lunáticos. Y son muy poderosos.
Enhiesto surtidor de sombra y sueño/ que acongojas al cielo con tu lanza, escribió Gerardo Diego en su famoso soneto dedicado al ciprés de Silos.
Si de acongojar al cielo se trata, esta escultura metálica de rotonda lo hiere el atardecer casi con saña y, apurando la metáfora visual, de esa herida brota la sangre del ocaso.
Nada de todo esto debió de imaginar el autor, para quien esta larga aguja de acero simboliza una vela marinera y así lo reflejó en el título que le puso: VELA. La vela, dúctil y flexible, amiga del viento, difícilmente se asociaría con este monumental cuchillo de no mediar el cartelito explicativo.
Suele ocurrir: lo que el artista pretende o imagina adquiere insólitas derivaciones en la mente del lector, el oyente o el espectador. Y en el arte contemporáneo, que tiende en muchas ocasiones a lo abstracto, a lo conceptual o estilizado esa distancia puede resultar excesiva.
Ramas
abiertas abrazando el cielo.
Otoños de
oro viejo y de micelios.
Bosques
pacientes donde el musgo sueña.
Liturgia de
estaciones sucesivas.
El canto
mensajero de los cucos.
Saben los
robles cortejar al Tiempo.
(Hoy, día de los bosques y de la poesía, inicio de la primavera, este poema acróstico dedicado a los robles).
Cuentan que una de las maneras en que los conquistadores españoles engañaban a los nativos americanos para conseguir metales preciosos era trocarlos por espejos que resultaban una novedad excitante para aquellos pueblos. Ver una y otra vez su imagen reflejada debía de ser para ellos una maravillosa experiencia, un milagro de irresistible atractivo.
Cambiemos a los conquistadores por los actuales oligarcas tecnológicos; cambiemos los espejitos por las pantallas y las redes sociales; cambiemos el oro por nuestros datos, nuestra intimidad, nuestras preferencias como consumidores. El mismo narcisismo infantil, el mismo fetichismo de la imagen, la misma confusión entre el auténtico valor y la baratija.
Seguimos en las mismas.
(Mateo Ortiz, filósofo aficionado, pesimista profesional)
En el parque de una pequeña ciudad española, una fría mañana de domingo, dos hermanos de corta edad juegan con un pequeño dron. Ella, la mayor, ha dejado que lo pilote su hermano y se encarga de aconsejarle para que evite los obstáculos y no cuelgue el aparato entre las ramas de un árbol. Una mujer de avanzada edad se acerca por el paseo. La niña avisa enseguida al pequeño para que lo haga aterrizar.
—¿No ves que puede hacer daño? —lo
amonesta.
—Bendito dron de juguete.
Bendita inocencia infantil. Bendita ciudad sin importancia. Bendita paz —musita,
como una letanía, la buena mujer, con la mente todavía infectada por las
últimas noticias de la guerra.
Las lluvias pertinaces ablandan la tierra, socavan lentamente la firmeza de sus raíces.
El viento no perdona la debilidad de los más viejos, el peso de los más frondosos o el abrazo flojo de los que crecieron mucho hacia arriba, poco hacia abajo.
Han sucumbido a centenares en riberas, bosques y jardines.
Los árboles ya no mueren de pie.