Eran jóvenes, rebeldes,
impulsivos. Rechazaban el mundo moldeado a costa de dolor y sacrificios por sus
padres, por sus abuelos. Despreciaban sus valores. Desconocían la historia. Reivindicaban
un pasado oscuro que ellos creían mejor que el presente. Vociferaban consignas
por las calles, agitaban banderas arrugadas, Se creían muy libres. Pero un oído
sabio, conocedor de la historia, escucharía de sus bocas, como un rumor
siniestro, el grito proferido dos siglos antes para celebrar el regreso del
absolutismo: «¡Vivan las caenas!».
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