lunes, 29 de junio de 2020

CORONACUENTOS (16): LOS DE LA PARTIDA




                Eran cuatro en la partida, siempre los mismos desde hacía años. Habían elegido ir a la misma residencia con tal de seguir juntos y compartir mesa, tapete y baraja. Se conocían desollados, sus tretas y sus trampas, sus faroles y sus achiques, sus muecas para marcar jugadas y el malhumor de las derrotas. Se gastaban bromas hasta el límite del enfado y luego se reían como niños.


                 Pero una mala sombra se abatió sobre ellos. Nunca se sabrá quién de los cuatro estuvo en el origen. Se fueron yendo como agua. A Justo se lo llevó un camión del ejército. A Matías un coche de bomberos. Dionisio desapareció una tarde, cuando más lío había, tendido en la camilla de la ambulancia. Nunca regresarían. Ahí quedó Servando, el último de los cuatro, con fama de fullero.

                 Miradlo: está jugando un triste solitario en el salón casi vacío de la residencia, mientras la televisión dispara negras cifras, apenado como el que más. Echa mucho de menos a sus compañeros de partida y rabia porque le da duelo hacerse trampas.

miércoles, 24 de junio de 2020

CREPUSCULARIO








Senda tan blanca
para otro día que huye
hacia las sombras.








sábado, 20 de junio de 2020

SALA BLANCA





No sin cierta irritación tremendista, y sin importarle sus contradicciones, divagaba Mateo Ortiz -a quien ya empezaba a molestar el nuevo adminículo que se veía obligado a portar en el rostro- sobre las nuevas disposiciones derivadas de la pandemia. En vano trataríamos de convencerlo de la necesidad de tomar precauciones dada su provecta edad:


El día en que todos, a toda hora y en todo lugar, llevemos mascarillas se habrá cumplido el deseo de los más estrictos higienistas: que el aire que sale de nuestros pulmones no guarde ningún recuerdo de quien lo exhala. Que el aire de nuestras palabras, de nuestros gritos, de nuestras canciones sea asépticamente neutro. Filtremos todo lo que sale de nosotros, filtremos todo lo que nos llega y haremos del  mundo una maldita sala blanca.



miércoles, 17 de junio de 2020

LA PANDEMIA, EL PANDEMÓNIUM, PANDORA Y LA PANACEA





Comparten el elemento 'pan' -del griego, 'todo',-  y viven muy cerca en el diccionario, aunque, por lo demás, sus existencias discurrían hasta ahora por cauces separados. Pero últimamente las estamos haciendo convivir a la fuerza, mezclando sus significados.

Literalmente, una 'pandemia' sería una reunión de mucha gente (justo lo que no se puede hacer en una pandemia) y 'pandemonio' es la asamblea de todos los demonios, un lugar lleno de ruido y confusión. Con mayúsculas, Pandemónium se refiere a la imaginaria capital del reino infernal.

La situación crítica que estamos atravesando ha abierto la caja de Pandora (también con -pan en su etimología: la que todo lo ofrece) y de ella han salido todos los hispánicos demonios: el sectarismo, la insolidaridad, el cainismo, el patrioterismo de baja estofa, el desprecio al saber, la demagogia, la irracionalidad, la charlatanería... Madrid se ha convertido en Pandemónium -la capital de la corte infernal- y los ciudadanos asistimos impotentes a una ceremonia de la confusión en el momento más difícil de nuestra historia reciente. 

Nuestros ¿representantes? parecen empeñados en volver a hacer ciertos los versos de Gil de Biedma escritos en pleno franquismo: "De todas las historias de la Historia/ sin duda la más triste es la de España/ porque termina mal. Como si el hombre/ harto ya de luchar con sus demonios,/ decidiese encargarles el gobierno/ y la administración de su pobreza..."

Cuantas más muestras de abnegación, resiliencia y solidaridad ofrece la sociedad, más se empecinan los políticos en alimentar su burbuja tóxica de odios, resquemores y mezquinos sentimientos. ¿Qué hemos hecho para merecérnoslos, aparte de votarlos?

Mientras esperamos a que la ciencia descubra una vacuna contra el virus, la ansiada 'panacea' ('la que todo lo cura'), me temo que habremos de seguir aguantando esa otra maldición bíblica de una casta de políticos que -salvo honrosas excepciones- parecen haber sido seleccionados en un  proceso donde se premian la falta de empatía, el histrionismo hiriente, el navajazo verbal, el cerrilismo y la miopía.

¿Quién será el sabio que descubra un remedio contra esta fatalidad de nuestra historia?

sábado, 13 de junio de 2020

CORONACUENTOS (15): LOS BESOS


-¿Bailas? -quiso que la pregunta llevara dentro una respuesta afirmativa, pero le salió un hilo de voz tan quebradizo que su timidez quedó dolorosamente al descubierto.

La orquesta, aclimatada a los gustos del público de una verbena de pueblo, había pasado a tocar una pieza lenta. Era el momento de acercarse a aquella chica que parecía haberse escapado de alguno de sus sueños.

-Depende -le respondió con una media sonrisa enigmática bajándose la mascarilla hasta el cuello.

Acababan de pasar a la fase 10 y, por fin, estaban permitidos el roce y la caricia entre desconocidos. La distancia social obligatoria había ido decreciendo muy poco a poco, fase a fase, centímetro a centímetro, a partir de los dos metros.  Era su oportunidad.

La interrogó con la mirada.

-¿Tienes tu PCR? -inquirió ella como si le estuviera pidiendo fuego.

Se sacó del bolsillo trasero del vaquero el móvil y le mostró el certificado que acreditaba que estaba limpio. Casi sin leerlo ella le echó los brazos al cuello y se apretó contra su cuerpo. Bailaron enredados hasta que la orquesta se desvió hacia los ritmos latinos. Tumbados en las eras, el cielo infinito del verano se les quedó pequeño.

Fue una noche de agosto de 2020,  el primer año de la era de la Pandemia, en un pueblo en fiestas. Una noche que nunca olvidará. Sus besos le regalaron una húmeda dulzura infinita y tres semanas de fiebre, dolor de cabeza y una debilidad parecida al amor. 

Los besos inolvidables de una asintomática.



miércoles, 10 de junio de 2020

MANOS







Hay algo turbador en esta pintada realizada hace años que interpela a nuestro presente. 
La luz crepuscular del momento actual nos conduce a una lectura quizá muy distinta de la que pretendió su autor. 
Esas manos arrugadas que han buscado, que han necesitado el contacto de otras manos sin encontrarlo quedarán como eterna acusación por la felicidad y por el consuelo que tanto se merecían y que les hemos negado. 







domingo, 7 de junio de 2020

CORONACUENTOS (14): LA ÚLTIMA CIUDAD




Al anochecer, tras una jornada en la que los caminos se enmarañaban como raíces de árbol viejo, llegó a una ciudad amurallada. Sin abandonar su garita, el aduanero del puente lo dejó pasar con un gesto cansado de la mano,  en todo semejante a un  ambiguo signo ceremonial.  

La poca gente con la que se tropezó  se velaba la parte inferior del rostro con una máscara blanca que fosforecía en la penumbra. Tuvo la sensación de que pertenecían a una raza ignota, quizá la endogamia los había ido empujando hacia alguna sutil metamorfosis.  En cualquier caso, extraños habitantes que caminaban presurosos y se evitaban y lo rehuían escurriéndose hacia las sombras.

Desistió pronto de encontrar albergue. Golpeó con las aldabas en viejas puertas de madera, pulsó los timbres de portales acristalados, voceó en vano desde el centro de la calle. Era poco lo que pedía. Solo quería saber cómo se llamaba aquella ciudad para consignar su nombre en su cuaderno y proseguir el viaje. 

Al fin una niña se asomó al balcón. Sus ojillos negros, de pájaro sin trino, parecían sufrir con la escasa luz amarilla de las farolas. No tuvo que repetirle la pregunta: la niña se anticipó con la respuesta.

                -Pandemia, señor -le susurró con voz de ocarina como quien revela un peligroso secreto.

Antes de que desapareciera, el viajero tuvo tiempo de comprobar que la niña llevaba el rostro descubierto pero -apenas pudo sorprenderse por ello- advirtió un rectángulo de piel blanquecina como la marca que deja en la pared un cuadro al descolgarlo. Juraría que alguien le había borrado los labios y que su boca era solo una pálida ranura, una cicatriz rebelde.

Se dirigió a la salida de la ciudad. Todas las puertas estaban cerradas. Habían bajado la barrera del puente.

                -Nadie que conozca su nombre puede salir de Pandemia, señor -le aclaró el aduanero.

jueves, 4 de junio de 2020

FLOR DEL CAMINO

                                             





                                         





A cada paso, esta primavera suntuosa exhibe a los ojos asombrados del caminante un jardín agreste de flores de todos los colores. Las lluvias y el abandono le han sentado muy bien al campo y las plantas rústicas, las inútiles -inútiles para quienes ignoramos su valor y sus propiedades-, medran a sus anchas allá donde no llega el lametazo del herbicida: en las cunetas, en los ribazos incultos, en las lindes, en los barbechos, en la mediana del sendero donde no las aplastan las ruedas del tractor.

Siempre lamentará el caminante desconocer el nombre de muchas de estas plantas, algunas de una hermosura tan modesta como definitiva. Sabe por experiencia cuánto encanto suele esconder la taxonomía popular. Su mirada se fija hoy en una inflorescencia azul, morada a veces, distribuida a lo largo de tallos que pujan con brío y forman bosquecillos fortuitos en las orillas. Este esplendor tiene los días contados y, antes de que se marchiten, se agosten y terminen en el infierno lingüístico de las malas hierbas, urge ponerles nombre.

La inteligencia artificial de su móvil  con su programa de reconocimiento -¿facial?, ¿tienen rostro las flores?- viene en su ayuda. Así se entera -o quizá vuelve a enterarse- de que a esa planta se la llama viborera (y también chupamieles, lengua de vaca, hierba azul y ¿¡paquetequieromañosa!?) y no puede sentirse defraudado con tan abundante, sugestiva, jugosa y metafórica ralea de onomástica botánica. Tras cada una de estas denominaciones hay una intención, una mirada, una manera de acercarse al mundo. Y para completar la curiosidad de los hallazgos, mientras fotografía una de esas matas de viboreras se topa con un extraño ejemplar, deforme, mutante, una copia errónea del código, una anomalía teratológica, que le provoca un escalofrío.

Los sueños -febriles, primaverales- de Natura también engendran monstruos.