Érase una
vez un rey que creía ser pobre. «Mis antepasados vivían en un palacio enorme,
veinte veces mayor que este palacete que no merece tal nombre. Disponían de una
fortuna inmensa, nadaban en oro y yo tengo que vivir de un sueldo como un
funcionario de medio pelo».
El rey, al
que le gustaba hablar el «sermo vulgaris» del pueblo, proseguía en su amarga reflexión:
«Y para más inri, para más recochineo, tengo que soportar que el bolsillo de
mis súbditos esté lleno de monedas con la efigie de mi cara y yo aquí pobre
como una rata. Algo tendré que hacer para corregir esta injusticia».
Y algo
hizo.
El resto
de la historia está en los periódicos.
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