Como si
estuviera cronometrada en un concurso de microrrelatos, la historia dura el
tiempo exacto de mi coincidencia con dos extraños en la rampa mecánica del
supermercado mientras bajamos con el carro de la compra. Vienen detrás de mí y
a duras penas resisto la tentación de volver la cabeza para ponerles rostro. De
soslayo se me esbozan sus figuras. Sólo habla uno de ellos, con el acento
meloso del español de ultramar. El azar o la necesidad consiguen la proeza de
condensar en unas pocas palabras un relato íntegro.
Un día mi
papá nos abandonó. Mi mamá tuvo que ponerse a lavar ropa. Yo sólo tenía un par
de zapatos. Llevaba todo el día los del uniforme del colegio. No había para más. Me daba mucha vergüenza que me vieran así. Ahora que puedo me compro
todos los zapatos que me gustan. Tengo veintisiete pares.
No puedo
evitar mirarlos por la espalda mientras se alejan. Las zapatillas de deporte
que calza el anónimo narrador parecen de mercadillo.
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