domingo, 2 de agosto de 2026

REBECA


En ocasiones un nombre propio desciende de su altura de exclusividad y letra mayúscula hasta el territorio de los nombres comunes. Deja de designar a seres únicos (personas, accidentes geográficos, marcas comerciales registradas…) y pasa a referirse a objetos de uso corriente que pueden ser fabricados en serie (rioja, diésel, rímel, clínex) . Debe resignarse a ser escrito con minúscula y a que la mayoría de quienes lo emplean ignoren sus ilustres orígenes.

Es el caso de rebeca, esa chaqueta ligera de punto que solía usarse en época veraniega cuando, a la caída del sol, llegaba un alivio refrescante de la temperatura. El término se popularizó en la posguerra española a partir de la película Rebeca (aquí con mayúscula) de A. Hitchcock: su protagonista lucía en algunas escenas de la película este tipo de prenda y de ahí pasó a su uso común.

Es una palabra de problemático futuro. No sólo porque las nuevas generaciones parecen empeñadas en la cruda adopción de palabras inglesas en relación con el vestuario y la moda (outfit, fashion, look, body, leggins, top…) sino, sobre todo, porque el calentamiento climático que estamos padeciendo ha hecho de las rebecas una prenda innecesaria. Las noches de verano, también en las tierras altas, empiezan a ser tórridas. La palabra languidece al mismo tiempo que la tierra abrasada por el calor y los incendios.


sábado, 1 de agosto de 2026

INDIGENTE

 

Detrás de mí, en la cola de la caja del supermercado, tres preadolescentes hacen cuentas. Han comprado zumos, bollería y bolsas de aperitivos y patatas fritas. Probablemente piensan echar la tarde sentados en un banco del parque, comiendo chucherías, móvil en mano. Aún les falta un poco para llegar a la edad del botellón. Están calculando si el peculio común les alcanza. El de menor talla de los tres comenta:

—Si nos sobra un euro se lo tiramos a la cara a un indigente y se la rompemos.

No salgo de mi escandalizado asombro cuando lo oigo. He oído bien, no es una alucinación auditiva. Las palabras han salido, nítidas y afiladas, de una boca sobre la que apenas empieza a insinuarse el bozo. Me vuelvo y les pongo cara de reproche (no me atrevo a más). El chaval me envía una media sonrisa y rectifica:

—Es broma, hombre.

Pienso tres cosas:

—En mi austera infancia jamás se me hubiera ocurrido tirarle una peseta a la cara a nadie. Administraba mis escasas monedas con celo de usurero.

—Ya no se usa la palabra ‘pobre’, sino indigente. El eufemismo es perfectamente compatible con la crueldad. En muchos casos apenas la enmascara, incluso la intensifica.

—Aunque sea una broma no es irrelevante. ¿Qué atmósfera social ha respirado este muchacho para que se le ocurra semejante idea? También dice mucho de una época y de un país el tipo de cosas sobre las que nos permitimos hacer bromas.