En ocasiones un nombre propio desciende de su altura de exclusividad y letra mayúscula hasta el territorio de los nombres comunes. Deja de designar a seres únicos (personas, accidentes geográficos, marcas comerciales registradas…) y pasa a referirse a objetos de uso corriente que pueden ser fabricados en serie (rioja, diésel, rímel, clínex) . Debe resignarse a ser escrito con minúscula y a que la mayoría de quienes lo emplean ignoren sus ilustres orígenes.
Es el caso
de rebeca, esa chaqueta ligera de punto que solía usarse en época
veraniega cuando, a la caída del sol, llegaba un alivio refrescante de la
temperatura. El término se popularizó en la posguerra española a partir de la
película Rebeca (aquí con mayúscula) de A. Hitchcock: su protagonista
lucía en algunas escenas de la película este tipo de prenda y de ahí pasó a su
uso común.
Es una
palabra de problemático futuro. No sólo porque las nuevas generaciones parecen
empeñadas en la cruda adopción de palabras inglesas en relación con el vestuario
y la moda (outfit, fashion, look, body, leggins, top…) sino, sobre todo,
porque el calentamiento climático que estamos padeciendo ha hecho de las
rebecas una prenda innecesaria. Las noches de verano, también en las tierras
altas, empiezan a ser tórridas. La palabra languidece al mismo tiempo que la
tierra abrasada por el calor y los incendios.