Detrás de mí, en la cola de la caja del supermercado, tres preadolescentes hacen cuentas. Han comprado zumos, bollería y bolsas de aperitivos y patatas fritas. Probablemente piensan echar la tarde sentados en un banco del parque, comiendo chucherías, móvil en mano. Aún les falta un poco para llegar a la edad del botellón. Están calculando si el peculio común les alcanza. El de menor talla de los tres comenta:
—Si nos
sobra un euro se lo tiramos a la cara a un indigente y se la rompemos.
No salgo
de mi escandalizado asombro cuando lo oigo. He oído bien, no es una alucinación
auditiva. Las palabras han salido, nítidas y afiladas, de una boca sobre la que
apenas empieza a insinuarse el bozo. Me vuelvo y les pongo cara de reproche (no
me atrevo a más). El chaval me envía una media sonrisa y rectifica:
—Es broma,
hombre.
Pienso tres
cosas:
—En mi
austera infancia jamás se me hubiera ocurrido tirarle una peseta a la cara a
nadie. Administraba mis escasas monedas con celo de usurero.
—Ya no se
usa la palabra ‘pobre’, sino indigente. El eufemismo es perfectamente
compatible con la crueldad. En muchos casos apenas la enmascara, incluso la intensifica.
—Aunque
sea una broma no es irrelevante. ¿Qué atmósfera social ha respirado este
muchacho para que se le ocurra semejante idea? También dice mucho de una época
y de un país el tipo de cosas sobre las que nos permitimos hacer bromas.
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