domingo, 3 de junio de 2018

HATER








Entre la turbamulta de crudos anglicismos que nos asedian, campa a sus anchas una tropilla cada vez más nutrida de términos relacionados con esa tupidísima tela de araña conocida como redes sociales y a los que nadie parece buscar un sustituto adecuado. Palabras como influencer, hastag, trending topic, like, post, blog, link, tuitero, follower o youtuber son frecuentes entre los usuarios habituales del medio. 

Mi elegida hoy es 'hater', que la castellana pronunciación, poco amiga de las consonantes sutiles, intermedias y aspiradas, convierte directamente en 'jeiter'. Dejo de lado nuestras proverbiales vagancia e infantil bobería por no traducir este vocablo por el posible neologismo odiador, que se entiende perfectamente; me centro en el hecho mismo de que haya aparecido con tanta fuerza esta categoría de individuos en la selva de internet. Muchos alardean de ello, forman una comunidad y casi se han profesionalizado. Cualquier noticia, personaje, suceso, marca comercial, conflicto político o social es la diana de sus dardos envenenados. Da igual, allí donde se abre la ventana para opinar, en cuanto se da la oportunidad, siempre aparece un odiador con el hacha verbal levantada, a veces disfrazada de humor negro, otras manchada de cinismo, casi siempre de zafiedad, ultraje, crueldad gratuita, ansia destructiva. Son legión y la violencia de sus comentarios deja un regusto amargo en el lector, porque alimenta la sospecha de que algo no funciona bien en la naturaleza del ser humano.

Parece ser que odiar y amar son dos capacidades emparejadas que traemos de serie y que se alimentan de un mismo combustible: nuestra emocionalidad apasionada. No quisiera yo despachar, sin más, al odio de nuestra existencia: supongo que algún papel habrá jugado en nuestro proceso evolutivo y que no puede eliminarse de un plumazo, pero sí encauzarse adecuadamente. En cierta medida, hay odios magníficos, casi admirables, como aquel "odio africano" que según nuestra enciclopedia infantil un general cartaginés profesaba desde su infancia contra los romanos. Pero es que este odio de los "haters" resulta postizo, facilón, inconsecuente. Remite a pobreza de espíritu, hostilidad insensata, amargura existencial difusa que se paga con los demás, cobardía amparada en la falsa impunidad de las redes, fanatismo, envidia y otras emociones igualmente negativas.

Definitivamente, odio a los odiadores. Me he convertido en uno de ellos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario