viernes, 8 de mayo de 2020

LIRIOS Y LILAS










Tras cincuenta días de ausencia obligatoria, volvió al jardín. Ya había pasado el tiempo de la flor en los narcisos, los tulipanes, los ciruelos. No habían tenido el detalle de esperar. Siempre nos inquieta que las cosas ocurran sin nosotros. En cambio, el fotógrafo se llevó una muy grata sorpresa. Todos los años aguardaba impaciente que el lilo blanco trasplantado y los lirios morados florecieran. Escrutaba los signos que preceden a la explosión de sus colores. Pero sus esperanzas se veían frustradas, como si una maldición hubiera caído sobre aquellas plantas. 

Este año ha sido diferente: el  pequeño lilo está espléndido, con sus racimos de florecillas blancas y perfumadas. Y las varas de los lirios oscilan levemente en el aire de mayo mostrando sus hermosos labios lacios.

El fotógrafo empieza a sospechar que era su ansiedad -esa enfermedad que solo al hombre aflige- la que impedía que el lilo blanco y los lirios morados -como tantas otras cosas- florecieran.







miércoles, 6 de mayo de 2020

CORONACUENTOS (10): EL NÁUFRAGO



Decidió no cortarse el pelo ni afeitarse mientras durase la cuarentena. Era una forma de medir el tiempo, de obligarlo a manifestarse. Los amorfos días tendrían así un sentido, por elemental que fuera: el crecimiento. Tras las sucesivas prórrogas decretadas para intentar frenar el voraz apetito de la pandemia,  el día en que, por fin, se levantó la prohibición, el pelo le llegaba casi a la cintura y la barba al pecho. Se miró en el espejo procurando recordar cómo era antes del confinamiento y, de golpe, hubo de reconocer que estaba irreconocible.



Salió a la calle. La gente lo miraba, él mismo se veía reflejado en los escaparates. Parecía un náufrago, un robinsón urbano. Y por primera vez en su vida sintió que tenía el aspecto que  de verdad le correspondía.

domingo, 3 de mayo de 2020

ESTRAFALARIO ELOGIO DE LA MASCARILLA




En su forzoso retiro -que a un misántropo declarado como él no le resultaba especialmente mortificante- cavilaba Ortiz sobre el uso de las mascarillas en las actuales circunstancias de emergencia sanitaria. Y no le encontraba más que ventajas a su uso generalizado, que él sancionaría como obligatorio.

"Además de sus evidentes beneficios para prevenir el contagio -no hay palabra menos agradable para un solitario que esta- la mascarilla vela una parte de la cara imprescindible en la expresión de emociones. La boca y sus alrededores con todos los músculos implicados quedan así felizmente ocultos. Ese semáforo delator es sustituido por una superficie neutra, impasible. Se nos ahorran así sonrisas de felicidad, muecas de asco, mohínes irónicos, labios abiertos por el asombro y besos de Judas. La máscara es el rostro de la tragedia: bien lo sabían los griegos, y por eso los actores la portaban. No estamos para sentimientos ajenos, bastante tenemos con gestionar los nuestros y con procurarnos un poco de estabilidad anímica..."

Y en su delirante cruzada a favor de la imperturbabilidad  concluía Ortiz:  "Creo que sería muy conveniente universalizar su uso cuando este virus sea vencido. ¡Qué magnífico descanso! ¡Qué bello espectáculo, de ciudad asiática, todo el mundo desprovisto de gestos, que tanto complican la vida! Algo bueno nos habría traído la pandemia."

jueves, 30 de abril de 2020

CORONACUENTOS (9): POR ESCRITO GALLINA UNA











Vuelto se ha loco dueño mi.  Ahora hasta, mí  de pasaba  o a patadas tratado me ha. Al cuello me atado hoy ha un lazo,  cuidado con mucho,  princesa a una me ha como peripuesto colocándome disfraz  un absurdo  faldera perrita de y ha me pasear sacado a. Engaña no pero me. Gallina seré  no pero tonta... En cuanto nos encontremos a un policía me pongo a cacarear. (Sí claro tengo lo eso.)


(Al modo de Julio Cortázar, en su breve relato homónimo)

lunes, 27 de abril de 2020

VOLANDO EN UNA JAULA

















Todos los días despliega sus alas
-amarillas y negras-
en el aire diminuto de su jaula
sin importarle la brevedad del vuelo.
Todos los días entona su canto
aunque no tenga motivos de alegría.
Porque sabe
que si un día le abrieran la puerta
necesitará la fuerza de sus alas
para volar por el cielo inmenso,
necesitará tener afinada la garganta
para poder cantar la libertad.
Y más aún, sabe
que aunque nunca se abra la puerta
en él se habrán salvado
la Libertad y el Canto.

(A eso lo llamamos esperanza.)

viernes, 24 de abril de 2020

CORONACUENTOS (8): NO SOMOS DE PIEDRA








Hacía mucho tiempo que no disfrutaban de un silencio como aquel. Estaba rara la ciudad. Como trasplantada a otro tiempo. El aire estaba más limpio, el humo de los coches no les manchaba la cara. Las palomas volaban tranquilas pero no encontraban en el suelo nada que picotear. Ni niños ni turistas haciendo fotos.  De vez en cuando, el silencio se rompía a pedazos por las sirenas de las ambulancias. Y todos los días a las ocho sonaban los aplausos en las ventanas.

Ellos sabían mucho de asedios, de guerras y de pestes. De jinetes que todo lo arrasaban a su paso. De trompetas que convocan al final de todos los finales. Pero casi lo habían olvidado. Lo que no habían olvidado era la forma exacta de pulsar, de frotar, de percutir.

-¿Qué podemos hacer? -se preguntaban.

A su alrededor la atmósfera se había vuelto ominosa. La ciudad languidecía envuelta en la tristeza.

Sin palabras, llegaron a un acuerdo. A medianoche afinaron sus instrumentos. La  viola y el rabel, la zanfoña y el salterio, el arpa y el dulcémele y la redoma despertaron de su letargo centenario con un sonido limpio y dulce, como recién estrenados, como tañidos por ángeles.  Y una melodía delicada, casi inaudible, jovial y esperanzadora,  se expandió por el aire dormido e hizo bailar en sueños a los apesadumbrados habitantes de la ciudad.

Por primera vez en su legendaria vida, los  24 adustos ancianos músicos del Apocalipsis sonrieron como niños traviesos entre sus barbas de piedra rizada.








martes, 21 de abril de 2020

CORONACUENTOS (7): LÁTEX






   Dejó a un lado el miedo, se quitó los guantes y tomó con cuidado las manos de la mujer. Notó que aquellas manos desgastadas, a pesar de la sedación, apretaban suavemente las suyas  como agradeciéndole que la última caricia que recibiría en su vida no tuviera el  frío y resbaladizo tacto del látex.