A despecho de su formación estrictamente racionalista y de
su declarado ateísmo, Ángel Aguado creía en los milagros. Al menos en un
milagro.
Cada vez que escuchaba arrobado la Novena Sinfonía y en
particular el Himno a la Alegría tenía que rendirse a la evidencia. Que un
músico enfermo y abatido, hundido en la misantropía, atormentado por el
padecimiento infernal de la sordera, hubiera sido capaz de componer aquella
música sublime, una alquimia grandiosa de dolor convertido en belleza, de
desesperanza trasmutada en entusiasmo, solo podía deberse a una gracia divina,
a un soplo de inspiración, a un dictado que Beethoven recibió directamente en
su oído interno, ese que no necesita tímpano ni huesecillos y del que solo
disfrutan muy pocos elegidos.
Especulaba entonces Aguado con una diosa particular, de la
que era el único creyente, a la que, a falta de mejor advocación, denominó (así, con mayúsculas, puestos a pecar contra la Razón hay que hacerlo sin vergüenza)
la Diosa de la Armonía. Era una diosa perezosa y con sus atisbos de malignidad,
porque impartía una justicia poética discutible y casi siempre tardía.
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