miércoles, 16 de mayo de 2018

GINKGO BILOBA



     ¿Qué hace este árbol aquí, en la acera de una contaminada calle de una ciudad centroeuropea, reducido a la triste condición de un ser encadenado, de una planta de maceta?

     No puedo ocultar mis simpatías por el ginkgo biloba. Cuanto sé de él deriva hacia el mito y la leyenda, le confiere esa existencia superior de símbolo. Convivió con los dinosaurios y está considerado un árbol fósil, una especie única, sin parientes, que ha sobrevivido a todos los cataclismos, también a los humanos: rebrotó en un templo budista de Hiroshima en la primavera posterior al lanzamiento de la bomba atómica. Su hoja lobulada, con aspecto de pai-pai dentado, esa fortaleza genética que  ha dado un sentido diferente a su otro nombre de árbol de los escudos, su longeva paciencia en el crecimiento exigen un trato más respetuoso. 

     ¿A quién se le ha ocurrido aislar de la madre tierra, encapsular en una barrica a este venerable testigo de los milenios? ¿Acaso un ser mitológico puede soportar un destino decorativo?







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