Sobre el árbol nevado,
luchando contra el frío,
en el silencio blanco,
canta, diminuto,
el corazón del pájaro.
Sobre el árbol nevado,
luchando contra el frío,
en el silencio blanco,
canta, diminuto,
el corazón del pájaro.
Era
un hombre extraño.
Mientras
tecnócratas multimillonarios y autócratas narcisistas y crueles invertían
ingentes cantidades de dinero en encontrar la manera de prolongar su vida
indefinidamente y hacían soñar con esa inalcanzable fantasía al pueblo llano,
él se reconcomía ante lo que consideraba la última de las traiciones a la
humanidad.
«Han
llenado el mundo de confusión y ruido. Han emponzoñado las relaciones humanas y
nos han intoxicado con el veneno del militarismo y el lucro. Han hecho todo lo
posible para que pensemos que la Verdad es otra más de sus falacias. Y ahora
nos quieren arrebatar la única certeza que da verdadero sentido y valor a la
vida: la seguridad de que un día moriremos».
Sí,
era un hombre raro.
Aquel
viejo país arrastraba una herida secular que lo cruzaba de costa a costa y
dolía a sus habitantes. Se había probado de todo para curarla: sutura,
cauterio, sangría; cirujanos de hierro, saludadores, arbitristas, homeópatas,
utopistas, demagogos, ilustrados, populistas… Se usaron el olvido y la
clemencia, la brutalidad y el engaño. La herida seguía abierta, recidivaba a la
menor ocasión. Durante algún tiempo de tregua pareció cerrada pero ha vuelto a
supurar cuando ya se creía cicatrizada.
Este
país y su herida incesante.
Aquel
lunes la vuelta al despacho se anunciaba desagradable. El fin de semana no
había resultado fructífero. Tendría que adornar un poco la realidad para no tener que soportar las burlas.
—¿Qué tal
la jornada de caza? —le preguntarían.
—No se dio
del todo mal… —respondería dejando en el aire la insinuación de grandes
trofeos.
—Cuenta,
cuenta…
—Solo
cobré una pieza, pero qué pieza. Un macho joven y escurridizo que nadie había
podido cazar.
—Otro
trofeo para tu colección.
—Ojalá,
pero ya sabéis que son muy estrictos a la hora de sacar las piezas de ese país.
(En
realidad, había sido una jornada decepcionante y aburrida. Tuvo que conformarse
con abatir a una pobre viejecilla que atravesó la calle con un andador, y a un
paso tan lento que parecía estar deseando que le dispararan).
Necesitamos urgentemente que regrese ese ángel que anunciaba la buena noticia de que había llegado la Paz para la gente de buena voluntad.
¿Qué cruel paradoja, qué universal desvarío nos ha conducido a esta insufrible situación en la que dictan e imponen su funesta paz las gentes de mala voluntad?
Estamos en el tiempo de las palabras pervertidas: la Verdad, la Paz, la Libertad son usadas (abusadas) para obligarlas a significar justo lo contrario.
Ya sabemos que los deseos son frágiles (sobre todo los buenos deseos), que pueden sonar ingenuos, pero no queremos dejarnos arrebatar también el derecho a imaginar un mundo mejor. Al menos en Navidad.
-¿Qué regalo te gustaría por Navidad?
(Llevaban juntos muchos años, pero él seguía teniendo la sensación de que siempre se equivocaba al hacerle algún regalo, así que esta vez decidió ir sobre seguro).
-Regálame tiempo.
(Le compró un reloj de 5000 euros: se sentía generoso.)