En esta
época de realidad aumentada en la que no nos basta con lo que hay e intentamos insensatamente alargar el tiempo del gozo, todo festejo que se precie ha de
tener su prólogo y su epílogo. Hay preboda, boda y posboda; hay prepartido,
partido y pospartido. Desde hace algunos años la Navidad también amenaza con expandirse, artificialmente extendida por alcaldes con pretensiones de estrellato y por
intereses comerciales insaciables.
El último
día de octubre, quien esto escribe estuvo expuesto a los síntomas inquietantes
de esta imparable enfermedad infantil. En el hilo musical del bar donde tomaba
café escuchó un villancico gitano. En la calle vio ya colocadas las luces de
Navidad. A la entrada del supermercado, junto a las cajas, lo asaltó un
completo surtido de turrones y dulces navideños. Desde el escaparate de una
librería las figuritas del belén reclamaron su atención.
A este
paso el año se dividirá en tres periodos: prenavidad, navidad y posnavidad. Un
paso más y lograremos la cuadratura del círculo: que todo el año sea Navidad, lo
que equivaldrá a decir que ya nunca será Navidad.

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