Aquel
viejo país arrastraba una herida secular que lo cruzaba de costa a costa y
dolía a sus habitantes. Se había probado de todo para curarla: sutura,
cauterio, sangría; cirujanos de hierro, saludadores, arbitristas, homeópatas,
utopistas, demagogos, ilustrados, populistas… Se usaron el olvido y la
clemencia, la brutalidad y el engaño. La herida seguía abierta, recidivaba a la
menor ocasión. Durante algún tiempo de tregua pareció cerrada pero ha vuelto a
supurar cuando ya se creía cicatrizada.
Este
país y su herida incesante.
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