sábado, 27 de octubre de 2018

SIRENAS











     Circula por ahí una extraña versión del mito de Ulises y las sirenas, que es bastante diferente de la que Homero relata y de la más moderna interpretación de Kafka. Se cuenta en ella que los marineros exigieron a Ulises escuchar ellos también el canto de las sirenas. Para no poner en riesgo el barco fijaron un derrotero circular y por turnos, de uno en uno, atados al mástil, mientras todos los demás se tapaban con cera los oídos, se les permitió escucharlas. Cuando todos hubieron gozado de aquel raro privilegio y ya el barco se había alejado lo suficiente pusieron en común su experiencia. Cada cual trató de explicar -era ciertamente difícil fijarlo en palabras- lo que había oído. Se produjo allí una sorprendente escena. No se ponían de acuerdo en describir la naturaleza de aquellos sublimes sonidos. Si uno había creído distinguir música de cítaras atravesando el aire de cristal de un palacio soñado, otro le contradecía en la seguridad de haber asistido a un coro de dulces voces de mujer o a los gemidos de placer de un cortejo de bacantes. Hubo quien afirmó haber oído sin asomo de duda la voz de su madre muerta entonando una nana y quien tuvo la certeza de que la garganta de las sirenas emitía el varonil torrente de una canción marinera. El frotarse del viento en las higueras, la rítmica obstinación de las olas, el silbido de un pájaro solitario en la enramada, el zumbido de las abejas a la hora de la siesta y hasta la pitagórica música de las estrellas fueron citados en alguno de los relatos.

     El astuto Ulises callaba y sonreía.

     -¿Qué oíste tú? –le urgían.
     
     La respuesta se hizo esperar:

  -El silencio más hermoso que jamás he escuchado. Estaba hecho de una materia inolvidable y contradictoria… Era tan profundo que en él naufragaban las palabras y hasta la música  se volvía inútil.

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