El
pasado sábado 25 de febrero caí en la tentación de hojear la revista Tentaciones. Es algo que me tengo
prohibido hacer para no poner en inútil riesgo mi amenazada confianza en el ser humano
y en su futuro. El título del citado folleto me pareció siempre de un
malditismo pueril y un epicureísmo simplón y consumista. Se supone que nos van
poner ante los ojos tentaciones en las que, al modo de Wilde, debemos caer por
imperativo vital. He de decir que el contenido no ha defraudado mis peores
expectativas (algo, por otra parte irrelevante: siempre anhelamos confirmar
nuestras peores sospechas). No quiero ser moderno, ni cool, ni estar a la última -uno tiene una edad-, no voy a dejarme
embaucar por una publicidad apenas disimulada, no formo parte del target al que se
dirigen estos mensajes entreverados de descarada publicidad, así que a sus
creadores les traerá al fresco mi rechazo. Es más, si un individuo de mi calaña
y perfil estuviera entre sus adeptos empezarían a preocuparse.
Ya
en el sumario saltó sobre mí, como furia mitológica, una frase que me costó
entender en su literalidad: "Los labios mate son un must de la temporada" Indagando en la red aprendí que must se refiere, en el mundo de la moda,
a algo que debes tener, hacer o ponerte si no quieres quedar al margen.
Tiene su lógica lingüística, he de reconocerlo. Pero el salto es demasiado
largo para mi corta andadura. Ya sabéis,
a partir de ahora, quien se pinte los labios con un color brillante será
declarado hortera. Yo, por mi parte, voy a iniciar una campaña publicitaria
masiva y agresiva con el siguiente lema: Las rastrojeras son un must para tus pies. A ver si cuela.
Confiemos en el poder imbatible del barbarismo inglés aliado al poderío de lo
rural. (Quien no sepa lo que son las rastrojeras, que no se preocupe, es un
localismo soriano, pero también están en internet.)
A
partir de aquí, en las páginas de la revista se marcan tendencias y,
paralelamente, se suceden sugerencias de compra apenas enmascaradas en
entrevistas. Todo ello trufado de una ingente colección de barbarismos, muchos
de los cuales son difíciles de entender para los no iniciados en la hermética
sociedad de los abanderados de la vanguardia del estilo. Y todos, perfectamente
prescindibles. Veamos algunas perlas:
-Tengo una niña de cinco años. Ya
ves, full house.
-Se finaliza con eyeliner.
-El sonido rabioso de la working class británica.
-Lo presentan siempre como la next big thing.
-Me inventaba melodías así, random.
- Uñas largas con glitter
-¿Started from the botton, como Drake?: Totalmente, yo vengo de
cero.
-Ya no eres joven. Dejas de ir a
raves. Tu única droga es la
adrenalina del like en las redes
sociales.
Pues
sí, ya no soy joven, nada joven. Soy tan viejo que nunca he ido a raves, imagínate. Y en cuanto a los likes en las redes sociales... mis
glándulas suprarrenales deben de estar atrofiadas. Me he quedado en la época en
que un "me gustas", dicho a la cara a/por la persona adecuada, te provocaba una
explosión hormonal.
Para
no cansar al paciente lector no agoto aquí la lista de anglicismos encontrados,
algunos de uso bastante habitual y con cierta tradición (underground, beat, thriller, look, mail, running, hooligan) y otros
que luchan por hacerse hueco -esperemos que no lo consigan-: biopic, hater, scroll, wrestler, spoiler,
millenials, teen, geek, fake, coworking ... No falta ni un arrabalero Fuck off! ¿Qué hacen nuestros aduaneros lingüísticos que
se dejan colar de matute tanto despropósito? ¿Dónde están la Fundéu y la RAE?
¿Por qué no castigan a siete años de afasia y agrafia a estos perpetradores de
desafueros?
No sé qué me
asombra más, si nuestra incapacidad -que casi parece innata- para hablar inglés
o nuestro papanatismo a la hora de calcar o adoptar (a veces es casi una
invención o una adaptación irreconocible para los propios anglohablantes: ahí
tenemos el inefable puenting)
términos y expresiones inglesas que, por el mero hecho de serlo, nos parecen el
no va más de la modernidad. Más nos valdría sacudirnos el pelo de la dehesa
aprendiendo de verdad idiomas en lugar de caer extasiados ante cualquier
novedad formulada con palabras inglesas.
Pero
no perdamos la esperanza. Podría parecer que lo nuestro con el inglés es una
batalla perdida, que estamos ante una invasión y que llegará el momento en que
todos nosotros hablaremos en espánglish (algo parecido a la profecía de Rubén
Darío) e, igual que nuestro Presidente de Gobierno (me olvido a propósito de la
exalcaldesa, que tuvo su mérito) en cualquier reunión internacional soltaremos
con jovial desparpajo: It's very difficult todo esto!.
Podría parecer, pero no.
Porque hemos logrado introducir una quinta columna en el corazón del Imperio,
les pagaremos con la misma moneda. Hablarán español sin darse cuenta, como el
personaje de Molière que llevaba toda la vida hablando en prosa sin saberlo. Les
hemos colocado, como avanzadilla, palabras muy rotundas, impregnadas de toda
una filosofía vital: toreador, guerrilla -pronúnciese algo parecido a
"gorila"-, armada, siesta, ¡olé!, patio, fiesta. Y en un tabloide británico, a propósito de Gibraltar, ha aparecido recientemente en gruesos titulares y con su cruda literalidad, una palabra cargada de testosterona ibérica: Cojones. ¡Menudo ejército!
Y
para que no todo sean palos en la rueda de los esforzados redactores de Tentaciones señalemos en su favor que el
disco de una banda británica a cuya promoción en forma de entrevista dedican un buen espacio se
titula (¡tachán, tachán!) : English tapas. Perdonamos el oxímoron (nuestro
sustantivo y su adjetivo son irreconciliables) y nos congratulamos por haber
logrado la hazaña de traspasarles palabra tan "altisonante y significativa", que diría don Quijote.