martes, 26 de abril de 2016

BIBLIOTECA PÚBLICA




                Se equivoca quien piense que solo nos arrastra la fuerza de atracción. La repulsión a veces extiende hacia nosotros sus brazos invisibles, múltiples y fornidos, hasta darnos el abrazo del oso.

                Entré en la biblioteca pública como quien se rinde sin condiciones a la última embestida de un aburrimiento crónico. Perdido en los pasillos donde los libros en pie -más firmes que nosotros porque se sujetan entre ellos- aguardan cualquier oportunidad, estiré la mano y  agarré un tomito cuyo título apenas me llamó la atención pero que prometía ser una estéril sucesión de palabras anestesiadas. El innombrable. Quizá lo hice por llevarme la contraria a mí mismo. Quizá con la sabiduría inconsciente de quien busca una cura homeopática para el tedio. La fotografía del autor hubiera debido alertarme. Mostraba a un tipo de pelo blanco, híspido, seco, con arrugas trazadas a buril, mirada de pájaro escarmentado. Ahora que lo pienso, bien podría haber sido sometido a una sesión de taxidermia.

                Hundido en el cálido olvido del bolsillo del abrigo, el libro tardó unos días en regresar a mis manos. Cuando lo hizo parecía estar cargado de una extraña malignidad. Comencé a leer: "¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora?..." Me quedé encallado en el ahora, incapaz de avanzar, leyendo eternamente este bucle de palabras, una cinta de Moebius recorrida por mis ojos hasta la extenuación.
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                Me han mandado mensajes de la biblioteca recordándome que el plazo de préstamo ha sido ampliamente superado. Me han multado. No contesto a los avisos ni me molesto en inventar excusas. La penalización crece exponencialmente, como las deudas en los apólogos que aleccionan contra la despreocupación en los pequeños deberes. No me importa: ¿Quién necesita ya más libros? Inscrito en la lista de morosos, necesitaré vivir mil años para poder  volver a sacar un libro de cualquier biblioteca pública.

                A veces me surge la misma pregunta de la niña que estaba aprendiendo a leer: ¿Qué se lee?  ¿Lo blanco o lo negro?

                Y aquí sigo. Encerrado con una sola línea. Sin esperanza ni deseo de ir más allá: "¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora?..."





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