A
nadie importan
las
lágrimas del árbol mutilado
que
brillan con la luz
sesgada
de la tarde.
Nadie
sabrá
de ese dolor fantasma
de
la rama amputada
donde
tiembla y gorjea
un
pájaro imposible.
A
nadie importan
las
lágrimas del árbol mutilado
que
brillan con la luz
sesgada
de la tarde.
Nadie
sabrá
de ese dolor fantasma
de
la rama amputada
donde
tiembla y gorjea
un
pájaro imposible.
A la sombra florida del ciclamor y de las hojas nuevas, en las orillas del Tormes -majestuoso e imperturbable, ajeno a los trabajos y a los días oscuros-, los salmantinos celebran el fin del ayuno y la abstinencia, el regreso del tiempo del placer y la alegría. Es una fiesta restringida, a media voz, casi a hurtadillas, a la espera del triunfo -provisionalmente definitivo- de una nueva salud, de una nueva alegría, de una nueva primavera.
En el claro del bosque, rodeado de jóvenes árboles que lo velan, el viejo roble, antes de que lo talaran, se las ingenió para labrarse su monumento funerario.
Al fin aparece limpio el cielo. Los últimos
días el aire estaba turbio, oscurecido por un velo de bruma: nubes de polvo en
suspensión, arena venida de muy lejos, contaminación humana. Era fácil imaginarse dentro de una
tormenta en el desierto, sentir casi la lija de la arena en la saliva.
Calima. Hay que pronunciar esta palabra despacio, saboreándola, dejándose llevar por el suave balanceo (abierta/cerrada/abierta) de las vocales. (¡Ah esa querida y diáfana apoyatura vocálica castellana que tanto echamos de menos en otros idiomas!).
Calima, una
palabra muy bien construida, armónica. Sus consonantes nos invitan a un viaje
fónico que va desde el oscuro velo del paladar, pasando por el cielo de la boca para llegar a los labios. Una
palabra que va buscando la luz. Si
fuéramos conscientes de la complejísima habilidad muscular necesaria para pronunciar cada
uno de los sonidos que forman una simple frase, nos daríamos cuenta de hasta
qué punto somos virtuosos instrumentistas que, tras un sofisticado aprendizaje del que no somos conscientes, hemos llegado a dominar con maestría las cuerdas, el viento y la percusión.
Calima. Siempre me imagino esta palabra (tan próxima a la calma) escrita en alfabeto griego. Pero tiene un origen confuso, también ella contaminada por la bruma de la etimología, y es uno de esos vocablos en los que lo caliginoso del significado pugna con la belleza del significante. Como esos seres en que su hermosa apariencia esconden un desagradable mensaje.
¿Qué
variedad de la desgracia puso sus ojos severos sobre esta casa? ¿O fue tan solo la desidia, esa hijastra del
tiempo?
El
jardín, abandonado a su instinto reprimido, se ha convertido en jungla. Los
árboles, plantados con amor, han roto las cadenas de la urbanidad y medran a su
antojo, compitiendo por la luz cada vez más escasa, atenazados por plantas
trepadoras y maleza. Parecen empeñados en vengarse de la mano civilizadora que
los ató a esta tierra. La higuera, el fresno, el ciprés, el avellano, el acebo,
la pasionaria, la palmera, el nogal, el níspero, la enredadera..., sus nombres
poco valen en este salvaje maremágnum. Donde una vez hubo orden y propósito ahora hay
promiscuidad, hibridación y esa íntima podredumbre que la sombra y la humedad
generan en el suelo del bosque. Algunas ramas parecen afectadas por un delirio
tropical y adoptan extrañas formas,
desafían las leyes del crecimiento, se diría que dibujan enigmáticos signos. La
carretilla ociosa no tardará en ver atacado su metal por la implacable voracidad
de lo orgánico.
¿Qué
decir de la casa? Está a punto de desaparecer asfixiada por la pujanza de esta
selva de 300 metros cuadrados. La puerta apenas la protege de una invasión
vegetal imparable que acabará por devorarla y los retoños de la hiedra oprimen
con sus dedos tenues e inflexibles el cristal de las ventanas.
Pero
en este paisaje de vorágine que dejan tras sí la volátil voluntad del hombre y
sus empeños transitorios, el fulgor de una rosa, el olor del jazmín, la
blancura primaveral de la cala y la delicadeza de la linterna china
—supervivientes del caos— nos asombran con su milagrosa floración mestiza.
—Discreción,
moderación, sensatez, lealtad, honestidad, coherencia, prudencia, bonhomía,
sinceridad, parsimonia, modestia, integridad, madurez, formalidad, nobleza, verdad,
firmeza, naturalidad, observancia, empatía, seriedad, urbanidad, respeto, cortesía,
sutileza, delicadeza, experiencia, humildad, veteranía, sosiego...
—-¿Qué extraña letanía
recitas, amigo?
—Una letanía de virtudes.
—¿Cardinales o
teologales?
—Ni unas ni otras.
Virtudes anticuadas, virtudes que, al parecer, han dejado de serlo, atributos
que impiden el éxito en nuestros días, ya sea en la empresa, la política, el
deporte, el arte o la vida cotidiana. Defectos que conducen al fracaso. No
tienes más que fijarte en la publicidad. Se llevan el descaro, la arrogancia,
la insensatez, la transgresión, la canallada, la bellaquería, la liquidez, la desenvoltura, el
transfugismo, la apariencia, la temeridad, la velocidad, el inconformismo, la agresividad, la
ficción y otros subproductos de una sociedad que parece anclada en una
adolescencia interminable.
—Moralista te veo,
amigo Mateo.
—Tu candidez sea
conmigo, Luciano amigo.
(Amable forcejeo
dialéctico entre Mateo Ortiz y Luciano Pacheco, provocado por la lectura
matutina del periódico)