domingo, 14 de febrero de 2016

LA MÚSICA DE LAS ESFERAS


              ELLA Y ÉL


              Llevaba mucho tiempo, demasiado, pendiente de él, bailando a su alrededor, dependiendo de sus caprichos, de sus viajes, mendigando su luz. Atada a una costumbre, a una coreografía que solo subrayaba su sumisión. Inteligente como era, él le regalaba la íntima sensación de que sus voluntades estaban confundidas, de que no hubo renuncia ni imposición en el inicio de su compromiso. En realidad no conocía -o no podía acordarse al menos- de la vida sin él. Sus destinos parecían unidos por una fuerza irreversible. Una historia entretejida de silencios, de palabras inseparables. No tenían sentido por separado, aunque él tuviera siempre a su alrededor un coro de pretendientes, algunas más jóvenes, quizás, o más hermosas, que lo cortejaban sin descanso. No llegó nunca a sentirse celosa porque ella estaba en el lugar exacto para el mejor amor, el que fecunda, el que calienta pero no abrasa, el que te hace florecer con cada primavera. "Voy a hacer contigo lo que la primavera hace con los almendros", le decía él con palabras de poeta.

            Se sentía atraída hacia él con una pasión mineral que le nacía en las entrañas y que no excluía a una sola de sus células, a uno solo de sus átomos. A veces se acercaban, pero no llegaban a tocarse, ni a hacerse daño. Otras veces él parecía lejano, un poco frío, como haciéndose desear, medio escondido entre las brumas de sus obligaciones. Y ella sospechaba que una ley secreta regía aquel vaivén de sentimientos, aquel estar y no estar, los cambios de humor, los días de belleza inesperada, las noches en soledad.

             Nunca se le ocurrió pensar que lo imposible también tiene derecho a suceder.  Ella, en alguno de sus episódicos momentos de rebeldía, había soñado oscuramente con algo parecido, pero luego lo rechazaba, horrorizada por un brote de angustia que le nacía de muy adentro y la dejaba en suspenso, como en una atmósfera de vacío, errante, sin camino. Un buen día él desapareció. Así, sin más.Nadie se lo esperaba. Nadie lo había previsto.

           La noticia  solo tardó en llegarle ocho minutos, exactamente ocho minutos, a pesar de la distancia que los separaba. Aunque no lo supiera, en ese instante estaba adorando a un ser inexistente, recibiendo la luz de una ausencia, como la de una estrella muerta que aún brilla en nuestro cielo. Encadenada a un recuerdo fantasmal. Y durante ese breve tiempo se comportó como siempre, con una lealtad indestructible, como si la pérdida aún no estuviera vigente; quizá era tan solo una amenaza, uno de sus juegos de seducción. Puede decirse incluso que en esos ocho minutos, excitada tal vez por un presentimiento, lo amó con más fatalidad que nunca, en un paréntesis de extraña libertad inconsciente, de plena e inútil entrega a un ser extinguido.
       
          Él nunca volvería, según acostumbraba, en cada amanecer: nuevo, recién despierto, con ternura infantil. No hubo vuelta atrás. La cosa iba en serio.  Se había hecho de noche  para siempre en la vida de ella. Pero era una noche de sábado, cargada de promesas, de inquietantes y arrebatadoras promesas. Ella sintió como si le hubieran cortado el cordón umbilical, como si le abrieran la puerta de la cárcel y tuviera que enfrentarse por primera vez a la verdadera vida, a la intemperie de una segunda existencia en la que todo estaba por descubrir.

          Sin gravedad, libre de su atadura inmemorial, la Tierra inició un incierto viaje en busca de otro Sol.





     Aunque pueda parecer extraño, este relato nada tiene que ver con el dulzón festejo de sanvalentín que hoy nos obligan a recordar, sino con la noticia científica de la semana: la constatación experimental de la existencia de las ondas gravitacionales, la grabación de esa huella sonora de los cataclismos cósmicos, que ya se han apresurado a convertir en tono de móvil. Según Javier Sampedro, este descubrimiento implicaría que, en el caso  hipotético de que el sol despareciera de repente, la Tierra seguiría ocho minutos girando alrededor del fantasma de su ausencia; ese sería el tiempo que, a la misma velocidad que la luz, tardarían las ondas gravitacionales del sol en desvanecerse.
     Por cierto, si  escucháis en el enlace posterior esa pretendida "música de las esferas" supongo que os resultará decepcionante. No quiero ni imaginar lo que sentirían Pitágoras, Kepler, Fray Luis de León y otros ilustres sonámbulos empeñados en cifrar la armonía universal de los astros si escucharan esa sucesión de pitidos, chasquidos, zumbidos y latidos electrónicos.


http://elpais.com/elpais/2016/02/11/ciencia/1455216078_439368.html





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