viernes, 19 de febrero de 2016

CAMBIO



          Quizá llevaba un rato siguiéndome y yo no me había percatado. Cómo hacerlo en una calle donde tienes que abrirte paso a codazos, donde los rostros pasan frente a tus ojos a tal velocidad que acaban produciéndote un vago mareo, igual que si estuvieras viendo pasar un tren interminable de caras asomadas a las ventanillas. Un hormiguero que tiene su boca en la plaza de la ciudad vieja y disemina su caravana de insectos ociosos en dirección al puente de las estatuas. Ya te lo dijeron antes de partir, Praga y agosto, agobio asegurado. Esta calle, en palabras de la guía de viajes, es la principal arteria comercial de la ciudad. Se suceden las tiendas de recuerdos y de artesanía, los restaurantes de comida típica (gulash, pato, salchichas en escabeche, cerdo asado), los salones de masaje tailandés, las agencias de viajes... A cada poco me asaltan hombres y mujeres jóvenes tratando de persuadirme para asistir a un concierto de música clásica, a una sesión de teatro negro, a un paseo fluvial en barco. Pequeños museos temáticos dejan escapar reclamos humanos disfrazados: un verdugo con capucha me invita a conocer el museo de la tortura, una bruja de carnaval su viejo gabinete de alquimia, un mozalbete reducido a gigantesco pene me susurra las perversas delicias de un museo dedicado a toda clase de artefactos eróticos. Un mendigo arrodillado, con el espinazo doblado hacia tierra y la mirada en el suelo, extiende un bote metálico. Aturdido, estoy a punto de dar mi conformidad a un pintor callejero que me haría una caricatura. Como si yo no me sintiera ya una caricatura de mí mismo, de aquel que un día fui. Me dejo abrazar tontamente por un muchacho lánguido, catequista, que va ofreciendo abrazos gratis como quien pierde un tesoro.

          Es posible que aquel hombre me hubiera escogido en medio de la muchedumbre cuando me detuve a curiosear las cotizaciones en una de las muchas oficinas de cambio que encontré a mi paso. Para ser más preciso, he de confesar que comparé con  mal disimulado interés lo que me ofrecían en varias de ellas. Pero ya no me acuerdo de eso. Toda mi atención está puesta ahora en un establecimiento que vende objetos de cristal de Bohemia. No me fijo en las copas ni en las lámparas, lo que atrae mi atención son unas fotografías en tres dimensiones atrapadas en un bloque transparente, como mariposas encerradas en ámbar. Son retratos de un grupo familiar, rostros de fotomatón o para documento de identidad a los que el juego de la luz, al girar la pieza, anima y da cuerpo y volumen, otorgándoles una realidad fantasmagórica. Parecen reliquias añejas, de ajuar funerario, seres fantasmales capaces de sonreír póstumamente. Yo diría que todos los que están en la vitrina han muerto ya, de una u otra forma. Allí mismo te hacen la fotografía, la aprisionan en su pequeña jaula de vidrio y en diez minutos está listo el recuerdo. Un detalle exquisito y muy original para familiares y amigos. Podría regalársela a mi exmujer, para que la usara como pisapapeles o la dejara sobre su mesita de noche. Desde allí me colaría en sus sueños, lo mismo que ella sigue haciendo todavía en los míos. Podría enviarle otra a cada uno de mis hijos, para que no se olviden de mi cara. Nos vemos tan poco… Estoy seguro de que el obsequio no les dejaría indiferentes, mi mirada sonriente iría gradualmente derivando hacia el reproche.

          -¿Change, change, míster…? –me susurran al oído.

          Me giro sobresaltado, con el vello erizado, con prevención de solitario. Aquella voz parece de ultratumba. Y, sin embargo, procede de un individuo común, alguien del que nunca nadie pondría en duda su existencia plena. Uno de esos seres bien asentados en la tierra, cómodamente instalados en la cincuentena, que a uno le gustaría tener como amigo en época de tribulaciones porque parecen inmunizados contra el desánimo y las resquebrajaduras del tiempo.

          -No, gracias, no necesito.

          -¡Ah, español! ¿Barça, Real Madrid?
          
          -Odio el fútbol.

          Pasó por alto mi comentario. Tal vez no lo entendió. No formaba parte del breviario de frases hechas para turistas españoles que manejaba. Me fijé en su indumentaria. Su economía era precaria o tal vez su vida entera había quedado anclada en la nostalgia de épocas anteriores. Su gastada chaqueta de cuadros, su corbata desgastada, sus pantalones marrones, sus severos zapatos: todo en él rememoraba la época gris del comunismo.

          -Veinte y dos coronas por euro, señor.

          -Adiós.

          Me dejó marchar, pero cometí un error de principiante: a los pocos pasos me giré. Seguía donde lo había dejado, sonriendo, tan seguro de sí mismo como de mi debilidad. Volvió a acercárseme.

          -O.K. Usted gana: veinte y cinco por un euro, amigo. Cinco más que el cambio oficial.

          El juego empezaba a interesarme; la codicia dejaba caer su seductora voz susurrante en lo más íntimo de mi oído. Fingí no hacer caso. Con gesto adusto de dignidad ofendida, me aparté hacia una tienda de marionetas, entré y me entretuve unos minutos. No había logrado engañarlo. Me esperaba, burlón, a la salida.

       -Podemos hacer negocio. Treinta –insinuó. Pero en su rostro había señales de desgana. Súbitamente parecía haber perdido interés en el trato.

         Casi sin palabras, como si entre nosotros hubiera sobreentendidos antiguos, me fue conduciendo hasta una vieja cervecería, en una calle apartada, sin turistas. Un lugar discreto, oculto a los ojos de soplones. Los parroquianos o estaban demasiado interesados en la pequeña aventura que cada vaso de cerveza encierra o, al menos, habían aprendido a disimular. Por un momento tuve la impresión de que todos eran figurantes a sueldo para hacer verosímil la escena.

          Mi acompañante tenía el don de la palabra. Se hacía entender en su idioma de retales y conseguía colorear su relato. Quizá para halagarme me dijo que su familia era ladina, descendiente de judíos españoles. Se sentía muy orgulloso de sus orígenes y estaba ahorrando para conocer el pueblo de sus antepasados, en la provincia de Cuenca. Por desgracia la cadena se había roto y había perdido la antigua lengua. El español que maltrataba era una adquisición reciente.

          Durante un buen rato me distrajo con sus remembranzas nostálgicas de la época comunista. Él nunca había estado afiliado al partido, pero tenía que reconocer las bondades de aquellos tiempos en que todo era más nítido y cada cual sabía a qué atenerse. Su oficio era entonces tan peligroso como rentable. Los turistas que atravesaban el telón de acero lo hacían con una predisposición cándida y se dejaban engañar fácilmente o quizá consideraban de mal gusto, un  repugnante vicio de capitalistas, preocuparse en exceso por el dinero.

          -Gané mucho dinero entonces –reconoció con pesadumbre-. No tenía en qué gastármelo. Todo lo contrario que ahora.

          Empezó a interesarme el personaje. Tenía la misma sensación que en algunas novelas que había abierto desganado,  confiando en abandonarlas pronto, en cuanto algo un poco interesante apareciese en mi vida. Les había dado su oportunidad  (veinte minutos de atención) y eso me había perdido. Ya no podía retirarme, desertar de aquella aventura. Estaba atrapado por una lástima implacable. Sí, me daban pena, era una deslealtad hacer como que no sabía, cerrar los ojos a esas vidas anodinas, a esas desventuras encadenadas, a ese futuro desenhebrado y fofo.

          Tomamos algunas jarras, no sé cuentas, más de tres, seguro. Él se empeñó en pagar la primera ronda. Me pareció poco elegante dejar que siguiera pagando. Además el alcohol me vuelve muy generoso. Los clientes cambiaron, salieron unos y entraron otros. La luz  natural que penetraba por la única ventana vidriada se iba apagando como una dulce anciana en su silla. Las ruedecillas dentadas de los relojes también tenían los engranajes desgastados y se movían locas. Tuve la sensación de que había pasado un ciclo completo, que habíamos vuelto al punto de partida. Las figuras que ocupaban las mesas eran las mismas que al entrar, ¿no? Habían salido a sus ocupaciones y habían vuelto y nosotros seguíamos allí.

          No hablamos mucho del negocio que nos había unido y que ahora se nos antojaba un pretexto innecesario para seguir charlando. No obstante, la curiosidad dio forma a una pregunta:

          -¿Cómo pensabas estafarme?

       Me hizo repetir más despacio mis palabras. Después sonrió maliciosamente, censurando mi atrevimiento. Le estaba pidiendo al mago que revelara sus trucos. Eso no era bueno para nadie. Se acabaría el hechizo.

          -Bueno, hay muchas maneras –concedió.

          Podría haberme engañado al contar el fajo de los billetes (un billete bien doblado cuenta como dos); podría haber utilizado el truco del falso policía compinchado que llega justo en el momento de la transacción y hay que echar a correr con el botín porque los dos seríamos igualmente culpables; podría haberme dado billetes de otro país, de aspecto parecido pero de mucho menos valor aprovechando que no estaba familiarizado con las coronas checas. Saqué la dolorosa impresión de que para él era una víctima fácil: español idealista y orgulloso, individuo solitario y melancólico, soñador, simpatizante del socialismo. Y además, de vista cansada. Este era el retrato que se había hecho de mí. Una perita en dulce para cualquier timador.

          -En tu caso tenía decidido ser legal. Me caes bien. Me conformo con el margen de beneficio que me corresponde. Ten en cuenta que te ahorrarías la comisión que te cobran en los bancos y en las casas de cambio oficiales. Esos sí que son ladrones.

          Empezó entonces una perorata muy de actualidad contra los bancos, tildándolos de usureros, de practicar una competencia desleal, de estar acabando con oficios artesanales como el suyo. Su discurso empezaba a embrollarse, a adquirir esa pesadez circular de quienes han bebido en exceso. La tarde no daba más de sí. Era el momento de despedirnos.

          -El caso es que verdaderamente necesito cambio. Si quieres…

       Concluimos el trato allí mismo. Cambié a treinta, su última oferta antes de entrar en la cervecería. Creo que lo hizo por hacerme un favor; la cerveza fraternal había anulado por completo su espíritu mercantil. Y es verdad que me hizo un gran favor. Los billetes falsos de euro que le endosé ya estaban empezando a quemarme en los bolsillos. Qué tiempos estos, revueltos e imprevisibles, donde nadie es lo que parece.


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