viernes, 21 de abril de 2017

MATAPOBRES


                Nunca regresaba Rilke de un paseo por las montañas sin traer una palabra nueva (cito por aproximación). De la misma manera mi excursión diaria por las páginas del periódico (algunas tan abruptas y arriesgadas como las crestas alpinas) me regala siempre algún término que tomo en mis manos, lo sopeso, analizo su tacto, su color, me dejo llevar adonde quiera llevarme.

                'Matapobres', esta es la palabra que el otro día me hizo señas, agitó ante mí sus antenas de insecto sin taxonomía. No me resultaba extraña pero no creía haberla visto escrita nunca antes. A primera vista, yo diría que es una palabra verosímil, probable, creada mediante el recurso compositivo, tan frecuente y familiar en nuestra lengua, de aglutinar un verbo y su complemento directo. La busqué en el diccionario: no figuraba. Se trata, pues, de un neologismo de incierto futuro pero que dispone, de entrada, de una amplia familia a la que acogerse. Son muchos  los compuestos en los que su primer elemento es 'mata' (dejo para otros si de ello puede derivarse algún juicio de valor sobre nuestra idiosincrasia, nuestra tradicional falta de corrección y nuestra tendencia a la truculencia). Hermana de 'matamoscas', 'matarratas', 'matasuegras' o 'matacandelas' (que los monaguillos de mi pueblo llamábamos 'apagavelas') la recién llegada 'matapobres' (el corrector ortográfico de mi programa de texto -tan correcto él- no cesa de subrayármela en roja línea serrada, invitándome a que la borre, a que no la adopte,  pero no pienso hacerle caso) viene con un pan duro y muy triste bajo el brazo. 

                Se refiere una droga barata y mucho más dañina que la heroína y que está devastando los suburbios de Atenas, tan castigados por la miseria y la falta de futuro que la crisis ha traído consigo. Exterminar a los pobres para que no haya pobreza, criminal objetivo de la nuevas eugenesia social. Similar a aquella otra genial idea atribuida a G. Bush II: cortar todos los árboles para que no haya incendios forestales.

                De las plazas y calles de Atenas, en una etapa más de su siniestro recorrido, la droga 'matapobres' ha llegado al último territorio de la desesperación: los campos de refugiados. Son ya varios los casos de muertes provocadas en esos poblados fantasmales por esta metaanfetamina cristalizada y cortada con otras sustancias tóxicas. Sus habitantes buscan la muerte rápida que se esconde en sus pasajeros efectos de euforia alucinada. La prefieren a ese terrible demonio del que nos hablaba Baudelaire: L'ennui. El Tedio, el Hastío, diríamos nosotros, que hace inhabitable el mundo  e indeseable la vida. Encerrados en campos de detención masificados, sin posibilidad de salir, de proseguir su viaje, de trabajar, amenazados por los rigores del hambre, el frío y la enfermedad, los hemos convertido en personas amputadas, hemos desarraigado en ellos el árbol de la esperanza, hemos borrado de sus sueños todos los caminos. Hemos logrado, por fin, que se sientan suspendidos en la nada, anclados a un no lugar, transformados -ellos, que  tanta ilusión, tanto dinero y tantas penalidades gastaron para huir- en personas condenadas a la inutilidad.

                'Matapobres', esa droga que entre todos hemos fabricado, y en cuya composición química hemos utilizado muchos gramos de desprecio, de indiferencia, de engaño, de torpeza, del egoísmo de peor calidad.


                'Matapobres', esa palabra que no cesa de acusarnos, de definirnos. 

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