Vivimos en
una sociedad debilucha, todo el mundo se queja de todo todo el tiempo —se
quejaba el buen hombre.
Cuaderno de creación literaria donde encontrarás textos y fotografías originales del autor.
Vivimos en
una sociedad debilucha, todo el mundo se queja de todo todo el tiempo —se
quejaba el buen hombre.
Chéjov, escritor genial, era un humorista de
esa rara estirpe de quienes hacen que te sonría un lado de la cara y se te
humedezca de emoción el otro. En sus cuentos la melancolía sabe dulce. Y
pareciera que se hubiera empeñado en que su muerte tuviera esa misma textura
agradablemente áspera de sus cuentos.
De salud enfermiza, la muerte lo va a
sorprender en un balneario alemán. Cuando se siente mal (es médico y sabe bien
que ha llegado su final), susurra: «Ich Sterbe» (‘Me estoy muriendo’). Una
necesidad autoparódica lo mueve a verbalizar su muerte, como un mal actor en un
mal drama. (Todo lo contrario de lo que él practicó en sus admirables obras
teatrales, un prodigio de sutileza psicológica). Llega su médico, le inyecta
alcanfor y encarga que le sirvan champán. Apenas apurada la copa, muere.
“Una polilla gris de enormes dimensiones entró
por la ventana y, con un ruido desagradable, empezó a chocar contra las
paredes, el techo y la lámpara, como en una agonía de muerte.» (Esto lo cuenta su mujer, la actriz Olga
Knipper).
El cadáver llega a Moscú en un vagón verde
refrigerado con un rótulo donde reza: «Ostras frescas».
En la estación, el cortejo fúnebre de Chéjov
marcha sin saberlo tras el féretro del general Keller, traído de Manchuria, y
todos se asombran de que presida el cortejo un gordo oficial de policía montado
en un caballo gordo, y de que suene música militar. (Así lo relata Gorki en el
prólogo a una edición de cuentos de Chéjov).
Se diría que la Posteridad (en forma de
leyenda póstuma) escribió para él un cuento titulado: «La muerte de Chéjov» y
que, a modo de irónico homenaje, trató de imitar su estilo, sus temas, su
agridulce sentido del humor.
Estimado Presidente Electo:
A efectos de completar su nuevo gabinete y por si
llegaran a tiempo para cerrar la nómina de la Nueva Administración, me permito enviarle algunas sugerencias para puestos de relevancia. Todos ellos son especialistas
de renombre y con un perfil muy adecuado a sus posibles nuevos puestos.
Ministro
de Hacienda: Ben Evans (con domicilio fiscal en las Islas Caimán).
Ministro
de Bosques: Noam Ferguson (pirómano).
Ministro
de Sanidad: Robert Kannidy (antivacunas).
Ministra de Medio Ambiente: Sarah Fale (negacionista del cambio climático).
Directora general de la NASA: Elisabeth Jones (terraplanista).
Fiscal General
del Estado: John Terry (con 25 causas pendientes por diferentes delitos).
Secretario
General de Tráfico: Patrick Stevenson (conductor kamikaze).
Secretario
General de Bibliotecas: Gerald Homes (analfabeto funcional).
Ministro de
Minorías: Gordon Simmons (Pastor Director General del Ku Klux Klan).
Secretario
General del Tesoro: Tommy Printer
(falsificador de moneda).
La araña se negaba a morir. Habían rociado con un insecticida de amplio espectro toda la casa para acabar con la multitud de bichos que pululaban por ella como Pedro por su casa: moscas, mosquitos, cucarachas, avispas, pececillos de plata, hormigas… Pero la araña se negaba a morir:
—¡Esto es indignante! ¡No soy
un insecto! —repetía una y otra vez — ¡Tengo ocho patas! ¡Soy un arácnido!
Su último
pensamiento, mientras agonizaba
envenenada por el insecticida columpiándose macabramente en su último hilo, fue que ya no hay seriedad en el mundo, que la
chapuza ha invadido también el negocio de los venenos, que ya nada se respeta. Ni
siquiera la taxonomía.
He aquí una palabra que apenas se utiliza, una
palabra desaprovechada, que viene muy a cuento de lo que estamos viviendo.
«Invención urdida con propósito de engañar», así la define el diccionario de la
Academia. ¿A qué nos recuerda esto?
En su etimología hay una referencia a los
pastores (‘pastoranea’), a los cuentos y consejas que intercambiaban, suponemos
que para subsanar la falta de noticias en su aislamiento y para amenizar sus largos momentos de tranquila
actividad y sus noches en vela junto al fuego. Mucho se habla ahora de bulos (término
muy preferible al horrible e innecesario ‘fake news’) pero la envergadura del
engaño es tal que ‘patraña’ (palabra rotunda y enérgica) refleja mucho mejor la
situación. Porque `bulo’ evoca una noticia falsa pero en ‘patraña’
reside la idea de trama, de relato urdido, de una malla de mentiras que
conformen una narración completa y alternativa a la realidad. Y eso
precisamente es lo que está sucediendo.
Joan de Timoneda, autor del siglo XVI,
valenciano —precisamente—, escribió una recopilación de breves historias ficticias
a la que tituló «Patrañuelo» y define ‘patraña’ como “Fingida traza tan
lindamente amplificada y compuesta que parece que trae alguna apariencia de
verdad”. Timoneda no engañaba a nadie,
llamaba a las cosas por su nombre, no colaba mercancía tóxica de matute. Sus
lectores sabían a qué atenerse. Eran otros tiempos…
Como si no tuviéramos
suficiente desgracia con el Gran Lodazal que la Naturaleza enloquecida ha
causado, parecemos empeñados en alimentar ese otro Gran Lodazal Artificial hecho de mentiras, deseos
retorcidos, egoísmo criminal disfrazado de solidaridad, estupidez,
incompetencia, superficialidad, desprecio a la razón y maldad en que tenemos que chapotear a diario.
(Obligado por las circunstancias a intensificar su habitual pesimismo indignado, Mateo Ortiz nos ha hecho llegar esta amarga reflexión. Ojalá no tuviera razón.)