sábado, 25 de junio de 2016

AMAPOLAS

A SALVO DE HERBICIDAS
prolifera lo inútil, lo imprevisto,
el capricho del viento,
el desahogo ínfimo del pájaro.
No haya edén, dijo un poeta
que hace tiempo vivió entre nosotros.
A veces hemos visto extraños sortilegios,
ceremonias con brujos y tam-tam
en torno a un corazón recién callado
en el arcén. Experta en el derroche
confuso de la sangre, presenciabas la escena indiferente,
ajena a la cruel analogía.
Taludes y escombreras
escatiman el sol de tu jornal,
el pago merecido al adorno que regalas
para engañar el múltiple abandono, la desolada linde del estiércol,
simulando furor de primavera en la chatarra.
Incluso en los solares
tapizas los deseos clandestinos
-siempre la carne apeteciendo sombras-
cuando los cuerpos tristes se niegan al hastío.
Privilegiado afán de resistencia,
colonizas los ángulos más ciegos
de los campos sagrados, allá donde una fosa
es tan solo un indicio de tierra removida,
fauces de excavadora que ya casi nos nombra;
sin estar invitada engalanas sepelios de tercera,
crespones gratuitos en homenaje
a muertos muy civiles.
Y qué reconfortante tu venganza
en trigales remotos,
rubor de la mies, diseminado
como plaga u olvido oculto en la semilla verdadera.
A veces te interrogan sagaces policías
por el último espanto de unos ojos,
casi siempre mujer, tal vez adolescente,
Ofelia de suburbio en lecho de hierbajos,
y enmudeces de pronto, cómplice de lo turbio...

Huésped de los ribazos, sigue creciendo al margen,
invade los jardines más monótonos,
especula en el caos,
haz peligrar las plusvalías de la tierra,
arruina de color la pálida cosecha asegurada.
No haya edén, amapola, 
si ha de ser roturado y por decreto.

                                         (De  No haya edén, amapola, 1998)






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