jueves, 14 de diciembre de 2017

EL PRINCIPIO DE LA CEGUERA




Cuando llegó a los sesenta se le formaron cataratas en los ojos.


(Era todo un espectáculo, las lágrimas le manaban sin cesar y se precipitaban hacia el suelo con estruendo de cascada en época de deshielo).

domingo, 10 de diciembre de 2017

MELENA



Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana...

                                                  (A un olmo seco. Antonio Machado)




               Hubo un tiempo en que consideré que el uso de melena en estos versos de Antonio Machado era una licencia poética suya, una metáfora; la campana sería la cabeza y la pieza de madera colocada en su parte superior para sujetarla, transformada por la fantasía poética del autor, se habría convertido en una especie de cabellera. Mi propia imaginación añadía por su cuenta y riesgo la deriva de la campana 'desmelenada' tocando a gloria, anunciando fiesta y alegría. 

             Pero no. La metáfora, de serlo, no tiene autor; es de uso común y está registrada en el diccionario: 'Armazón de madera, unido a la campana, que sirve para voltearla'. La lengua es poética, creativa en sí misma; lo fue antes de que hubiera poetas de nombre conocido y lo seguirá siendo cuando estos raros especímenes humanos se hayan extinguido.

        No obstante, cada vez que alzo los ojos con pena al campanario de alguno de tantos pueblos sin gente o en trance de quedar desiertos de la España interior, la anónima metáfora vuelve a mí y me devuelve la imagen de la cabeza metálica y su cabellera simétrica. Una hermosa cabeza sin voz y una melena carcomida por los años. En algunos casos, como en una de las fotos que acompañan a este texto, la melena está erizada de púas antipalomas para evitar que estas habiten la ociosa espadaña convertida en palomar y la ensucien con sus excrementos. En la otra foto, tomada en Navabellida, la campana desapareció, emigró quizá por los aires en mágico viaje siguiendo al último morador o, más prosaicamente, fue expoliada para venderla al peso. Su melena, huérfana, sobrevive, sin embargo, a los años inclementes, casi asfixiada por la vegetación parásita, como sencillo testimonio de un silencio doloroso.






   


miércoles, 6 de diciembre de 2017

ESTA MAÑANA



La luz helada, cayendo sobre la tierra.
La nieve refugiada en los cristales de hielo.
Los pálidos brazos desnudos del abedul.
El cielo de vidrio azul.















En mañanas de frío puro, como la de hoy,  nuestros ojos curados por la transparencia del aire finalmente ven y el mundo nos revela su más profunda verdad: su frágil belleza, siempre a punto de quebrarse, siempre a punto de regalarse.

viernes, 1 de diciembre de 2017

NADA



                Como le ocurre a diario, se le han pasado las horas casi sin enterarse, encerrado  a solas con su ordenador, primero peleándose con los códigos y después viendo dos capítulos de una serie. Siguiendo su ritual, se estira en la silla, se levanta y va hacia la ventana para abrirla y permitir que entre el aire de la noche y se ventile el ambiente cargado. Antes de traspasar la puerta de la habitación, de camino al cuarto de baño para aliviar el peso de su vejiga, se vuelve, de pronto, extrañado sin saber por qué. Una percepción retardada. Regresa a la ventana y mira bien. No ve nada. Sí, es de noche, pero debería de haber luz en alguna ventana, las farolas de la calle, la silueta de las casa de enfrente, la terraza de la cafetería, la masa de los árboles... Quizá ha habido un apagón en el alumbrado público. Sí ya, pero ¿y los faros de los coches? En su calle hay bastante tráfico. Un poco de brisa, tal vez. ¿Y el sordo murmullo de la ciudad? Pone en alerta todos sus sentidos y, después de un rato, no tiene más remedio que admitir que fuera no hay nada, absolutamente nada. Tinieblas y silencio, como si alguien hubiera borrado el dibujo del mundo. Una certeza que se le impone sin posibilidad de refutación.


                No se atreve a abrir la puerta de su habitación para ir al baño, no siendo que dé directamente sobre el vacío. Subido en una silla, orina por la ventana, sobre un abismo hueco, sin miedo a que nadie se queje. Mientras regresa a su ordenador con la remota esperanza de que la anormalidad se disipe, concluye que nadie debería dar nada por supuesto.

lunes, 27 de noviembre de 2017

ANA


            ¿Cómo medir la intensidad del dolor de un padre sometido al más amargo de los trances? ¿Cómo consolarlo de la pérdida de una hija -su hija favorita- de veintitrés años? ¿Cómo espantar la certeza de que ella ha puesto fin a su vida disparándose con la pistola preferida por él? Las imágenes de que disponemos, la frialdad de su color, aumentan la sordidez de la tragedia. El padre se acerca al féretro, inclina la cabeza sobre él y allí rompe en llanto. La cara de Ana, tan cerca de la suya, separada solo por un cristal, limpia ya de sangre, dulcificados los rasgos por mano experta de mujer mayor, parece sonreírle. En esa sonrisa un poco esquinada se esconde un secreto que ya nadie desvelará: la respuesta al '¿por qué?' más terrible. Cuando se aparta, el cristal está humedecido. Torpemente limpia con las manos las lágrimas y esa mucosidad ardiente de los besos enviados a un abismo. Quienes lo rodean están conmocionados: ellos saben muy bien lo que valen las lágrimas de ese hombre, la extraordinaria rareza de esa emoción, el insondable manadero del que brota.

                 -Ya está bien, mi general -le dicen mientras se lo llevan.

                 Allí queda Ana: veintitrés años, con un futuro prometedor en la Medicina. Con un tiro en la sien. Con un enigma que nadie resolverá. ¿Por qué lo hiciste? No puedo creer que de tu mano pequeña y delicada haya nacido esta muerte tan grande. Habrán sido mis enemigos. Yo era tu héroe. Tú mi princesa. Mi pequeña. Mi hija adorada. Mi estrella. Ana.


                 Demos un salto en el tiempo. La escena que acabamos de recrear sucede en marzo de 1993. En julio de 1995, en Srebrenica 8000 musulmanes bosnios  -entre ellos niños, jóvenes, mujeres- fueron masacrados por fuerzas serbias al mando de Ratko Mladic, el carnicero de los Balcanes, el amantísimo padre de Ana. "Mentira, todo son mentiras", le gritó al tribunal que lo ha condenado a cadena perpetua por genocidio. ¿Qué engloba ese "todo"? ¿Es un todo absoluto donde cabe toda su vida, la realidad completa del mundo?

              ¿Cómo puede el corazón de alguien ser tan perversamente selectivo, amar tanto a una sola persona y odiar hasta la muerte a tantas otras? ¿Cómo pueden tanto amor y tanto odio convivir en un mismo hombre?



Para saber más:


viernes, 24 de noviembre de 2017

NAVABELLIDA (II)

          



          Pasear por estas calles de silencio espeso no es experiencia trivial. Sobrecoge. Sientes el peso de los años muertos, de las vidas trasplantadas, de todas las historias que aquí pudieron ocurrir pero que no ocurrieron ni ocurrirán. Sientes las frías manos de la ausencia alrededor del cuello, amenazando la respiración. Compartes el dolor de quienes se fueron y no quisieron volver ni en verano, cuando los pueblos desertados reviven. Las cosas se han abandonado a su propia desidia, las puertas no guardan ni ofrecen, las ventanas son ojos cruelmente vaciados con una cuchara, las piedras se dejan ir hacia el escombro, en el campanario solo sobrevive la melena de la campana, no restalla la pelota contra el frontón desconchado. 

          Hasta la vegetación del arroyo seco, en esta mañana de otoño, recuerda que el árbol también sabe de ruinas, sufre la proliferación pervertida de hiedras y raíces. Nada escapa aquí a la llamada del desastre. Contemplar el pueblo desde lejos es como abrir la tripa del tiempo, esa alimaña sin alma,  y descubrir, a medio digerir, a medio corromper, el cadáver engullido de Navabellida. Hasta que de ella solo quede el nombre y montoncitos de egagrópilas. Quizá por eso los buitres avizoran desde lo alto, patrullan sobre esta carroña de lustros. En el pueblo hay indicios de oveja, huele a oveja; los rebaños parecen haber pacido polvo en cuadras, cocinas y alcobas tras haber batido a placer el barro de las estancias con sus patas cansinas. Pero no vimos ni una sola oveja. Como si desaparecieran a los ojos de los vivos y su existencia necesitara de espectadores más refinados.

          Navabellida, el despoblado del hermoso nombre; nombre de resonancias medievales, nombre de romancero, de cuando el idioma estaba naciendo y no le tenía miedo a nada, ni a la extensión de las palabras ni a las emociones más puras y directas, como la que pudo estremecer  al repoblador que se asentó en esta tierra y la bautizó. 

          Nava bonita, un buen lugar para volver a empezar con un rebaño de ovejas.




                                      


   



















miércoles, 22 de noviembre de 2017