sábado, 24 de junio de 2017

CHOQUE DE TRENES 5

              En aquel país de arbitristas y especuladores, en el que las soluciones directas y eficaces siempre dejaban paso al barroquismo del argumento y a la bella inacción de la palabrería, Afrodisio Cabral explicaba a los poquísimos que se molestaban en oírlo o leerlo en su blog que no había motivo de preocupación puesto que era imposible que los trenes chocaran. Aunque la distancia que los separa -arguía- sea cada vez menor, siempre podrá ser dividida por dos y cada una de estas porciones a su vez puede ser dividida entre dos y así una y otra vez, formando  en cada nueva división nuevas mitades, hasta lo infinito. Y lo infinito, por naturaleza, no tiene fin. Los trenes acabarán atrapados en esta paradoja infinitesimal, colegía burlón este nuevo sofista, anacrónico discípulo  de Zenón de Elea.

                Desde una óptica más actual, al otro lado de la imaginaria frontera que estaba empezando a levantarse entre los dos colectivos en conflicto, Oriol Foix, utilizando herramientas conceptuales mucho más afinadas, había llegado a parecida conclusión: la colisión no tendrá lugar, afirmaba categórico, tranquilizador, mientras enardecía a los suyos. Una abstrusa mezcla en la que utilizaba ecuaciones y aparataje matemático prestado del principio de incertidumbre, de la física cuántica y de la hipótesis de los multiversos, demostraba -según él- que los trenes viajaban en espacios y tiempos distintos, aunque el paralelismo de su existencia hubiera provocado miedo y confusión. " Y aunque viajaran en el mismo universo, tampoco llegarían a tocarse. En realidad los átomos nunca se tocan. Nada se toca. Nosotros creemos que tocamos las cosas, que acariciamos a alguien, pero es una ilusión creada por nuestro cerebro. Así que adelante con las banderas..."

                         Confortados con estas y parecidas teorías los ciudadanos de un lado y de otro parecían morar en una teatral ciudad alegre y confiada. 


martes, 20 de junio de 2017

CHOQUE DE TRENES 4

                

                         El último y desolador desenlace propuesto produjo en el narrador el efecto de una catarsis (ya se sabe, horror y piedad a partes iguales) que se le antojó necesario completar con un relato casi idéntico pero con una mínima variación final, perfectamente compatible con su hermano gemelo. La nueva -casi enésima versión- decía así:

            "Hacía tiempo que los trenes viajaban por la misma vía en dirección contraria, sin aminorar su marcha, simulando desconocer la presencia del otro. El encuentro siempre parecía lejano, una catástrofe constantemente aplazada que, por saturación, acabó produciendo una aguda sensación de irrealidad.

         Los dos trenes fantasmales  se aproximaban inexorablemente, sin que nadie hiciera nada por evitarlo, hasta que el previsible final llegó a ser considerado como un desastre natural, largamente anunciado, contra el que nada sabía hacerse.

        El espacio se agotó, el tiempo se cumplió y con fatalidad de desenlace de tragedia clásica la catástrofe se consumó. El impacto fue brutal y las víctimas muy numerosas. Se abrió el periodo de los lamentos y de los reproches que ya a nada conducían.

       Las autopsias revelaron un hecho cuando menos curioso: todos los pasajeros viajaban ebrios. El forense anotó en su informe que la embriaguez había sido producida por un principio activo desconocido que él bautizó como hybris -en recuerdo de sus lecturas de los clásicos griegos- del que llegó a identificar muy diversas variedades: orgullo, fanatismo, sinrazón, arrogancia, victimismo, exclusión, dominio... 'Todos ellos altamente tóxicos, tanto solos como mezclados', concluía en su informe."


domingo, 18 de junio de 2017

CHOQUE DE TRENES 3

             "Hacía tiempo que los trenes viajaban por la misma vía en dirección contraria, sin aminorar su marcha, simulando desconocer la presencia del otro. El encuentro siempre parecía lejano, una catástrofe constantemente aplazada que, por saturación, acabó produciendo una aguda sensación de irrealidad.

         Los dos trenes fantasmales  se aproximaban inexorablemente, sin que nadie mostrara interés en evitarlo, hasta que el previsible final llegó a ser considerado como un desastre natural, largamente anunciado, contra el que nada sabía hacerse.

       El espacio se agotó, el tiempo se cumplió y con fatalidad de desenlace de tragedia clásica la catástrofe se consumó. El impacto fue brutal y las víctimas muy numerosas. Se abrió el periodo de los lamentos y de los reproches que ya a nada conducían.

      Investigaciones independientes revelaron un hecho cuando menos curioso: ninguno de los dos trenes llevaba conductor."
                

                                                                                                                       (Continuará...)

viernes, 16 de junio de 2017

CHOQUE DE TRENES 2

             "Hacía tiempo que los trenes viajaban por la misma vía en dirección contraria, sin aminorar su marcha, simulando desconocer la presencia del otro. Afortunadamente el país era llano, sin apenas accidentes orográficos, una especie de desierto que ningún geógrafo había sido capaz de identificar, y la línea férrea se estiraba en una recta ilimitada que llenaría de hastío la mirada de cualquier improbable espectador. El encuentro siempre parecía lejano, una catástrofe constantemente aplazada que los cronistas del momento glosaban en cíclicos artículos y tertulias hasta producir, por saturación, una aguda sensación de irrealidad.

            Pero el peligro era real, tan real como la incapacidad de los responsables de evitarla. Afortunadamente, la teoría del caos, aliada con la casualidad y la libertad de decisión de los dispositivos de inteligencia artificial, estaba empeñada en corregir el entuerto. El efecto mariposa se manifestó en su más precisa literalidad.

             Cuando la distancia de los trenes era tan pequeña que, por fin, alcanzaban a verse el uno al otro, una rara mariposa en peligro de extinción se posó, majestuosa, en mitad de la vía. Los sofisticados sistemas de pilotaje automático entendieron aquello como una prioridad y para no aplastar tan preciada criatura activaron los frenos. Como desafiándose, las locomotoras quedaron separadas por escasos palmos de distancia y, en medio, la mariposa, con las alas quietas esperaba y disfrutaba de su poder. Aquellas poderosísimas máquinas se habían detenido al conjuro de la belleza de sus alas. 

             En cada vagón viajaba un lepidopterólogo (ambos bandos habían embarcado especialistas de las más inesperadas disciplinas para no estar en desventaja),quienes estuvieron de acuerdo en ponderar la gracia etérea de aquel ejemplar único. Una gran concordia podría haberse alzado sobre la frágil base de aquella coincidencia en la hermosura, pero el diablo de la controversia, que no descansa, había dispuesto otra cosa. Resultó que cada uno de ellos advirtió en el dibujo de las alas, en la composición colorida de sus escamas, el dibujo de sus respectivas banderas y, presos de la pasión que divide, quisieron hacer del animalillo el emblema de su exaltado fervor..."


              La última escena que imaginamos para esta variante del relato nos presenta a dos turbas de individuos rivales corriendo por una llanura de esquemático horizonte tras una mariposa de peregrina belleza.

             Llegado a este punto el narrador contempló su obra y, como siempre le ocurría, no supo qué pensar. Por un lado, la historia le parecía alambicada, un poco cursi. Por otro lado, le agradaba que el desenlace se bifurcara a cada nueva posibilidad. ¿Logrará alguno de los grupos cazar a la mariposa? ¿Cuál de ellos? ¿Cómo reaccionará el perdedor? ¿Llegarán al mismo tiempo y en su afán por poseerla la desgarrarán irremediablemente? (Este era el final que más cuadraba con su ánimo atrabiliario) ¿Escapará la mariposa y los combatientes, exhaustos después de la persecución, se mirarán unos a otros, se sentirán ridículos por lo insignificante de su disputa y cesarán las hostilidades?...

                                                                                                                                  (Continuará...)

miércoles, 14 de junio de 2017

CHOQUE DE TRENES




                El narrador nunca se había enfrentado a un reto semejante, contar una profecía, extraer de los archivos del futuro un texto que la realidad iba escribiendo ante sus ojos con una contumacia irrevocable y a la que él quería anticiparse.  Concienzudo como era, más dotado para la búsqueda sistemática que para el relámpago de genialidad, optó por arriesgar lo indispensable y construyó su historia con un planteamiento elemental (la propia textura del suceso lo propiciaba) y varios desenlaces alternativos, que, según su ingenua inventiva, abarcaban todas las posibilidades, o al menos las de más fuerza narrativa. Comenzó:

                "Hacía tiempo que los trenes viajaban por la misma vía en dirección contraria, sin aminorar su marcha, simulando desconocer la presencia del otro. Afortunadamente el país era llano, sin apenas accidentes orográficos, una especie de desierto que ningún geógrafo había sido capaz de identificar, y la línea férrea se estiraba en una recta ilimitada que llenaría de hastío la mirada de cualquier improbable espectador. El encuentro siempre parecía lejano, una catástrofe eternamente aplazada que los cronistas del momento glosaban en cíclicos artículos y tertulias hasta producir, por saturación, una aguda sensación de irrealidad.

                A simple vista los dos trenes eran idénticos. Quizá una mirada más cuidadosa habría advertido en ellos diferencias reseñables de tamaño o de diseño pero era evidente que habían sido fabricados con el mismo material y que ambos sufrirían por igual en caso de colisión. Los periódicos hablaban con frecuencia de aquellos dos trenes fantasmales que se aproximaban inexorablemente, con fatalidad de desenlace de tragedia clásica, sin que nadie hiciera nada por evitarlo. Y acabaron por referirse a ellos como a un desastre natural, largamente anunciado, contra el que nada sabía hacerse. "

             El narrador se tomó un respiro, se preparó un café bien cargado y releyó. No estaba mal, pero tampoco bien. Acostumbrado a su propia mediocridad como el que no es capaz de percibir su propia halitosis, decidió echar el resto en las variables del final.

                                                                                                                                                              (Continuará)

viernes, 9 de junio de 2017

ADÁN


            Cuando despertó no tenía nada.

          Le habían quitado todo: la identidad -le habían robado la cartera y con ella su documentación-, el dinero -no era nadie sin sus tarjetas bancarias-, la memoria -le habían robado el móvil- y la ropa -también se la habían llevado-. Además de la chica, habría que añadir, para ser exactos.  Alguien más despierto se la había birlado. O quizá ella voló, aburrida de esperar. (Recordaba vagamente que a su lado hubo una mujer tendida).

         No había nadie a la vista. Se sintió como si fuera el único habitante del mundo, en una playa virgen.
               
         "Buena ocasión para empezar de cero", se dijo el nuevo Adán, poniéndose en pie, con  actitud positiva aprendida en algún libro de autoayuda. Dudó hacia dónde encaminarse: el mar y la tierra le ofrecían sus promesas contradictorias, sus peligros complementarios.

          Le picaba la espalda y más aún donde la espalda se curva. La arena se había vuelto insidiosamente ardiente y le quemaba.

       En ese momento inaugural, solo dos cosas se le mostraron evidentes:

       -Era la última vez que se quedaba dormido en una playa nudista.


        -Era la última vez que no hacía caso de un nombre: la playa se llamaba la Playa del Muerto.