lunes, 16 de octubre de 2017

CARTAS

   

          Como en el cuento de Poe, la solución al enigma estaba escondida a la vista de todos para que no reparáramos en ella. 

          Por favor, sigan escribiéndose cartas indefinidamente. Cartas ambiguas, escurridizas, intrincadas. Cartas con aplazamientos que sufren aplazamientos. ¡Qué delicia vivir en esta incertidumbre, en esa suspensión éterea, tan próxima a la levitación, con el placer brutal del desastre o de un hermoso sueño al borde de los labios pero sin poder gustarlo! ¡Viva la nueva política, la política cuántica! Nada es lo que parece. O sí. Depende. Como en esa muletilla tan actual, tan posmoderna: sí, ¿no? Ni vivo ni muerto. Ni declarada ni sin declarar. Ni aplicado ni sin aplicar. No sabemos qué hay en el interior de la caja. ¿No lo sabemos? Sí lo sabemos. Hay lo que cada uno quiere que haya. Pero como posibilidad, que es como más se disfruta todo, como más verdadero es todo para la ilusión. 

          Por favor, no abran la caja. Estamos muy bien así. Por favor, sigan escribiéndose cartas como dos enamorados antiguos.

domingo, 15 de octubre de 2017

EL JUBILADO


                  El profesor jubilado regresó  por primera vez a su instituto dos años después. Habían sido dos años tornadizos en los que a la molicie casi divina de la ociosidad  inicial siguió un periodo de desconcierto por no ser capaz de disfrutar todo lo que había imaginado. Nunca fue un convencido de la causa pedagógica:  había ejercido su profesión con diligencia y eficacia, pero sin entusiasmo, sin perder de vista que era un trabajo y que no debía poner en él toda el alma. Por eso le  extrañaba más esa querencia al retorno que se ahondó con el paso de los días hasta hacérsele insoportable. Se veía atrapado en un pantano, un lugar donde había desaparecido esa percepción tan necesaria de inminencia, de que algo iba a ocurrir.

         -¿Echabas de menos esto, eh? - afirmaba en modo de pregunta el Director al recibirlo en su despacho.  Había en sus palabras algo de ese malsano disfrute de una profecía cumplida. Como si lo hubieran estado esperando.

                -Más de lo que me gustaría confesar -se sinceró.

          Enseguida el Jefe de Estudios hizo planes para él. Los últimos recortes presupuestarios le habían obligado a recargar los horarios y  un sordo malestar se había instalado entre sus compañeros del claustro, que lo culpaban a él del exceso de trabajo.

           -Podrías encargarte de un par de grupos de apoyo. Nos vendría muy bien. Extraoficialmente, claro.

             -Creo que no me he explicado bien. Lo que yo quiero es matricularme en primero.

           El Director y el  Jefe de Estudios se miraron y, con esa complicidad nacida en los cinco años compartidos en el Equipo Directivo, sonrieron al tiempo, comprensivos hasta la lástima, mientras al profesor jubilado los ojos y los oídos se le iban al guirigay irresistible del patio en el recreo.


jueves, 12 de octubre de 2017

EQUIDISTANCIA



         En la inestable geometría de los conflictos hay un lugar incómodo, vilipendiado, donde no llega el fervor de la muchedumbre. Un lugar donde hace mucho frío. Lo llaman Equidistancia. Si, en palabras de Borges, el punto, cualquier punto, podría ser incluido en el Libro de los Seres Imaginarios junto a los dragones, el unicornio o los trolls, pongamos por caso, el denigrado punto intermedio añade a su naturaleza ficticia la peligrosidad de su situación. Nunca ha tenido buena prensa, nunca ha concitado simpatías y mucho menos entusiasmos. "Equidistante" le espetan a un contertulio con indudable intención de insultar, como sinónimo de pusilánime, de indeciso, de cómplice pasivo de alguna ignominia. O de traidor a la causa. "Porque eres tibio te vomitaré de mi boca", se dice en el Apocalipsis. Larga e ilustre es la nómina de los vomitados en este mundo de simplificaciones infantiles, donde una imagen vale más que mil palabras.

         Quienes hablan de equidistancia siempre se imaginan estar en el Bien, en la Verdad. Y no comprenden que nadie se aleje de ahí para situarse a medio camino. Si te quedas "au-dessus de la mêlée" te fríen en la Red. Cuando las sociedades se tensan, el centro se vacía, y en los extremos se alzan refugios donde la gente se inflama y se embriaga de emociones. Hay que definirse, hay que significarse, buscar el fácil acomodo de una verdad indiscutible. Llegados a ese punto, se necesita mucho valor para no adherirse a ningún argumentario, para no estar pro ni contra ninguna de las facciones, para quedarse a la intemperie con la propia conciencia. No ver el mundo en blanco y negro sino con una admirable gradación de grises se paga con la soledad.


         Las palabras las carga el diablo. Y esta, 'equidistancia', de elegante resonancia geométrica, está sufriendo el secuestro de los beligerantes que la han cargado de connotaciones negativas. Que alguien la rescate.

martes, 10 de octubre de 2017

DIÁLOGO

 
Fes que siguin segurs
els ponts del diàleg.
                                                                                                               (Salvador Espriu)


Que callen todas las voces.
Que los gritos se desvanezcan.
Que nadie salga a la calle.
Que todos busquen el sosiego de la casa interior.
Y entonces, en esa coreografía de silencios,
dejemos que el diálogo florezca.

domingo, 8 de octubre de 2017

DE TRAMPANTOJOS








A veces las cosas no son lo que parecen. A veces conviene pararse un poco a pensar y, sobre todo, abrir el foco para descubrir la realidad en toda su complejidad o para desechar falsedades. A veces un proyecto parece bien asentado en el suelo... 





... pero le falta la cabeza.


jueves, 5 de octubre de 2017

DESGARRADURA


Hace ya muchos años, dentro de mi novela para jóvenes "Historia de Jan", ambientada en un país roto por la guerra civil -un país ficticio tras el que se reconocía la tragedia de la antigua Yugoslavia- incluí esta fábula extraída del diario de Samuel, uno de sus protagonistas:

30 de noviembre       
Cuando era niño, en mi libro de lecturas escolares leía  una fábula.
...
Una vez, en la época de las leyendas, un rey encargó a los cuatro tejedores más famosos de su reino que realizaran un tapiz.
-Quiero que sea el mayor y el más hermoso que nunca haya existido- les dijo.
-¿Qué queréis que represente, Majestad ?- le preguntaron.
-Un país. Un país rico y feliz. Para que quien lo mire se imagine que está viviendo en un lugar maravilloso.
Los cuatro artistas se pusieron a la faena. Antes de empezar discutieron durante muchos días los detalles del proyecto. Les costó trabajo ponerse de acuerdo, los cuatro eran vanidosos  y cada cual quería imponer sus ideas al resto. Finalmente decidieron que el tapiz tendría cuatro colores, uno para cada uno de ellos. Con el color rojo dibujarían la tierra y las montañas, con el azul el cielo y el agua de los ríos, con el verde la hierba y los árboles, con el blanco la nieve de las montañas y la flor de los almendros.
Al principio todo iba bien.  Tenían cuatro enormes madejas y cada uno utilizaba la suya. Les parecía un reparto justo: todos tendrían su parte de gloria y su recompensa en oro cuando el tapiz estuviera terminado. Y en verdad la obra avanzaba muy deprisa y el paisaje resultaba espléndido, primaveral.
-No me importaría vivir en un país así -bromeaba el rey cuando iba a inspeccionar la marcha del trabajo.

Una noche, antes de dormirse, el artesano que tejía con el color blanco pensó: “Quizá  el rey nos pague según la cantidad de hilo que hemos utilizado y mi madeja está casi entera”. Y sin hacer ruido se levantó y empezó a tejer por su cuenta. Llenó las montañas de nieve y volvió a acostarse confiando en que sus compañeros no se dieran cuenta.
Por la mañana los otros tejedores notaron el cambio, pero ninguno dijo nada. El del color azul pensó: “Esta noche me levantaré y haré el río más ancho”. Y el del color rojo: “Alzaré más montañas en el horizonte”. Y el del color verde: “Cubriré toda la tierra de hierba”.
Cuando creyeron que los otros estaban acostados cada uno salió sigilosamente de su aposento y  fue al telar. Allí se encontraron los tres y empezaron a reñir. Con el ruido se levantó el cuarto y se sumó a la disputa. A punto estuvieron de romper el tapiz tirando cada uno de su hilo. Al cabo de un buen rato se miraron asustados y pensaron: “Si deshacemos el tapiz nos quedaremos sin el premio prometido por el rey”. Así que dejaron de pelear.
Continuaron tejiendo pero nada volvió a ser lo mismo. Se había perdido la armonía, había rencor y desconfianza entre ellos, y el paisaje del tapiz se volvió inhóspito, como si un invisible viento de desolación soplara siempre sobre él. Cuando estuvo terminado, el rey acudió a contemplarlo. Enseguida percibió algo extraño.
-¿Qué ha ocurrido en mi país de fantasía? -preguntó.
-Nada, Majestad. Lo hemos completado según lo previsto -le respondieron.
Pero el rey no quedó satisfecho. Mirar aquel paisaje le producía inquietud, había algo  en él que presagiaba desgracias. Por eso mandó llamar a un sabio eremita que vivía retirado en las montañas y no sabía nada del encargo hecho a aquellos artistas.
-¿Qué ves en ese tapiz? -le preguntó el rey.
-Veo el color blanco de la envidia, el azul de la discordia, el verde del odio y el rojo de la sangre derramada.  No me gustaría vivir en ese país -sentenció el sabio.
El rey mandó destruir el tapiz y desterró a los tejedores lejos de su reino.
        ...

Aquí acaba la fábula. ¡Pobre país mío de cuatro colores!


Muy lejos estaba yo de sospechar, cuando imaginé este apólogo, que estaríamos tan cerca de que pudiera aplicarse a España. ¡Pobre país nuestro de muchos colores!

martes, 3 de octubre de 2017

LA ARRUGA ES BELLA


                La había visto muchas veces, siempre que acudía a la tintorería y mientras entregaba sus prendas en el mostrador. Estaba al fondo del local, entre hileras de trajes colgados, afanada en su centro de planchado, persiguiendo las arrugas de un vestido de novia, de un traje de gala, de una camisa, con el virtuosismo enfermizo de un músico, con la obcecada necesidad del inquisidor que desea aniquilar el menor brote herético. Pasaba y repasaba la plancha con maestría, deslizándola  con gracia aérea, las cejas fruncidas y la punta de la lengua asomando entre sus labios en un gesto infantil de porfía contra las dificultades, acompasada a los bufidos del vapor que ponían una nota de cansancio animal a la escena. La miraba admirándola, como hacía siempre que encontraba a alguien que se entregaba a su oficio con una pasión humilde y voraz, digna de mejor objeto.


                Últimamente empezó a fijarse en un detalle inquietante: la planchadora -todavía joven- envejecía prematuramente, a pasos agigantados, consumida por su obsesión perfeccionista. Le fue fácil deducir que allí estaba produciéndose una extraña transferencia; era como si cada una de las arrugas que eliminaba en los tejidos se fueran instalando en su piel.