El mar,
ensimismado.
Ya se
rompa mil veces
contra una
roca vieja;
ya
desfallezca lento,
sublimado
en espuma
sobre la
playa extensa
o fulgure al ocaso
con su cuerpo desnudo,
nunca
verás su entrega,
ni alcanzarás sus límites.
Con la
mirada ansiosa
pretendes
incitarlo
a sumarse
a tu mundo
de
paisajes pequeños,
de deseos inmaduros,
de asuntos anodinos.
Pero él te
ignora siempre,
afianzado
en su ser.
Pues nada
necesita:
todo lo
tiene en él.
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