Otro día, Afrodisio Cabal
se dejaba llevar por ese pesimismo contagioso, a lo mal du siècle, que
se está adueñando de tantas personas de toda edad y condición.
—La balsa de la humanidad
está atravesando uno de esos parajes de rápidos en el río. Todo va cada vez más deprisa,
hay demasiadas turbulencias. Da la impresión de que podemos zozobrar en cualquier momento. Y hemos entregado el timón a los más insensatos, a los menos capacitados
de la tribu —se lamentaba.
—Tras la tempestad viene
la calma. Tras los rápidos, los remansos —trataba de animarlo, sin mucha
convicción, su amigo y contertulio Aguado.
—Ojalá tengas razón. Pero
a mí me parece oír ya el estruendo de la catarata.
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