Las lluvias pertinaces ablandan la tierra, socavan lentamente la firmeza de sus raíces.
El viento no perdona la debilidad de los más viejos, el peso de los más frondosos o el abrazo flojo de los que crecieron mucho hacia arriba, poco hacia abajo.
Han sucumbido a centenares en riberas, bosques y jardines.
Los árboles ya no mueren de pie.



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