Cuentan que una de las maneras en que los conquistadores españoles engañaban a los nativos americanos para conseguir metales preciosos era trocarlos por espejos que resultaban una novedad excitante para aquellos pueblos. Ver una y otra vez su imagen reflejada debía de ser para ellos una maravillosa experiencia, un milagro de irresistible atractivo.
Cambiemos a los conquistadores por los actuales oligarcas tecnológicos; cambiemos los espejitos por las pantallas y las redes sociales; cambiemos el oro por nuestros datos, nuestra intimidad, nuestras preferencias como consumidores. El mismo narcisismo infantil, el mismo fetichismo de la imagen, la misma confusión entre el auténtico valor y la baratija.
Seguimos en las mismas.
(Mateo Ortiz, filósofo aficionado, pesimista profesional)
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