Había
sido un día muy duro en el campamento y lo que debería apetecerle a aquellas
horas era ducharse como buenamente pudiera y tomarse una cerveza bien fría -si
es que ese milagro era allí posible- con algunos compañeros en el bar del hotel.
Con un poco de suerte acudiría también la cooperante italiana de ojos de cierva
alegre con la que había soñado tres noches seguidas y a la que aún no se había
atrevido a hablar a solas. Pero, sin
saber por qué, cambió de opinión.
En
lugar de dirigirse a la zona residencial enfiló el todoterreno en dirección
contraria, allí donde aquella ciudad destartalada y anárquica se rendía a su
verdadero ser: una sucesión de precarios habitáculos en barrios sin asfaltar,
mercadillos improvisados y, casi sin transición, abigarrados montones de basura
que aún tenían algo que entregar a los rebuscadores. La carretera pronto se
degradó en pista. Una barrera de aspas con alambre espinoso le hizo detenerse.
Enseñó su acreditación y la documentación del vehículo a un soldado de aspecto
hosco, mal afeitado, de uniforme raído y fusil impaciente que lo dejó pasar, un
poco extrañado, no sin advertirle de que a partir de allí la zona no era
segura.
Le
costó un buen rato deshacerse de aquella mancilla en el paisaje: la presencia
humana desperdigada en múltiples formas de ocupación. Pero al fin el campo
desnudo se mostró ante él con la fuerza de los paisajes íntegros, como en la
llanura castellana. La tierra era rojiza, el coche levantaba nubes de polvo,
una bola que lo envolvía y le producía la sensación de estar en una nave
espacial viajando dentro de una estela mágica y protectora. De vez en cuando
alguna acacia escuálida abría sus brazos en pose resignada de petición o
asombro. Le pareció distinguir tras una duna el raudo y elegante trote de un
antílope. Cernida por la polvareda, la luz crepuscular formaba torbellinos,
perturbaciones que le recordaban a esas imágenes recreadas por ordenador que
simulan tormentas estelares.
Se
detuvo cuando el paisaje se volvía pedregoso y el sol, extrañamente nítido,
rozaba las crestas del horizonte. En aquella tierra los atardeceres eran... (se
demoró unos segundos buscando la palabra
adecuada) grandiosos, como si el país quisiera entregar lo mejor de sí mismo y
liberarse, así fuera durante un breve lapso, de su inmensa desgracia. Fuera del
todoterreno el calor monótono del día, esa atmósfera sedienta de las mesetas, el bordoneo pegajosos de los insectos, se empezaban a aliviar con una brisa que soplaba desde algún lugar menos
inhóspito.
Todo
el mundo era para él solo en ese momento. Se sentó sobre una piedra, al borde
de una quebrada por la que en algún momento que ahora se antojaba muy remoto,
antes de las sequías reiteradas de los últimos años, discurría un cauce de
agua. No veía ningún poblado en la
distancia, aunque captaba en el aire esa vibración sutil de lo habitado. El
zumbido, por momentos insoportable, del mal ajeno, de la miseria, la enfermedad
y la guerra, se había acallado en sus oídos y una colada de paz, como solo la
tarde puede traer, se vertía desde el disco rojo, languideciente, hasta sus
ojos.
Algo
se aproximaba, no sabría decir si era una presencia física o una ráfaga
invisible de bienestar. Era demasiado joven para saber que hay cosas que no
caben en una pantalla, que solo se pueden guardar en el archivo secreto de las
emociones incomunicables, por eso sacó el móvil, estiró el brazo y se dispuso a
autofotografiarse con la llamarada fulgurante a sus espaldas. Mientras buscaba
el encuadre sintió el movimiento de una imagen pasajera. Buscó con la mirada y
surgiendo detrás de una mata escuálida aparecieron: primero el niño, que tiraba
con fuerza de algo, detrás la cabra que sostenía entre sus dientes una presa
que no estaba dispuesta a soltar. Poco a poco la escena se concretó: el niño y
la cabra peleaban por una cebolla.
De
momento la disputa estaba en tablas: del niño era el bulbo, el animal se había
hecho fuerte apretando el tallo entre sus mandíbulas. Podrían haber llegado a
un reparto equitativo, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder, como
si más que de un pedazo de comida se tratara de una cuestión de honor. Un
combate elemental con dos luchadores entregados a una épica hermosa y
primitiva. Ambos se movían con pareja agilidad, con idénticas ansias, borradas
las diferencias de especie por el instinto vigoroso de la supervivencia.
El
muchacho lo miraba de vez en cuando, sudoroso, con una sonrisa de nieve
estampada en su rostro oscuro. La cabra lanzaba tarascadas enérgicas
sirviéndose de sus cuernecillos. No quiso intervenir en ayuda de ninguno de los
dos contendientes: hubiera sido un ultraje a la hermosa simplicidad de aquella
guerra.
Esto
tampoco cabe en una foto, pensó. Si la compartiera, nadie me entendería.
Del
sol apenas quedaba un vestigio inflamado. La oscuridad avanzaba cautelosa desde
las montañas. El niño dio un grito de triunfo. Una patada en la cabeza de la
cabra había acabado con su obstinación. Ahora, empinada sobre sus patas
traseras, ramoneaba resignada en un arbusto espinoso casi completamente
repelado de hojas. Victorioso, el niño se acercó a él, mordisqueando la
cebolla. Cuando llegó a su lado, se la sacó de la boca y le ofreció.
-No,
gracias -negó en inglés. Y reforzó la negativa con un movimiento de cabeza
.
El
niño no pareció decepcionado. Se guardó la cebolla en el bolsillo de su
pantalón, abrió los brazos y le regaló el abrazo más inesperado, más
estremecedor que nunca recibiría. En aquel contacto fugaz le llegaba la amistad
de la tierra, el perfume puro de la vida, una alegría original que hasta entonces no había conocido, la
certeza memorable de que el contento de existir puede encarnarse -aunque solo
sea por un rato- en una cebolla ganada en buena lid o en el abrazo gratuito de
un desconocido.