lunes, 15 de octubre de 2018

LA BRAMA




           Se quedaba dormida en cualquier sitio, menos en la cama. Se quedaba dormida a cualquier hora, menos por la noche cuando se acostaba. A nadie le importaba, nadie iba a echárselo en cara. El tiempo, para ella, era una materia pastosa y uniforme, como si a las ruedecillas del reloj se le hubieran caído los dientes.  Además, el sol de la tarde, un sol de otoño tierno y dulce, resultaba irresistible. Se fue quedando dormida sentada en la silla de plástico, en un rincón del huerto, a la sombra del nogal, con los ojos en el monte. Tuvo un sueño de juventud, un relámpago de lumbre en su carne apagada.

            Cuando despertó, desde la sierra, le llegó el eco de la brama y el chocar de cuernos de los ciervos disputándose las hembras.

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