jueves, 12 de julio de 2018

UÑAS



      En una sociedad tan avanzada como la nuestra no deberían existir los tiempos muertos, los huecos en los días, el ocio desprogramado. Así, individuos como Maxi, generalmente tan activos cuando se les encomienda una tarea urgente, no tendrían ni un resquicio para pensar, para pasarse las horas mirando a las musarañas o, en su caso, contemplando sus uñas con aire circunspecto. En especial las uñas del dedo pulgar. Empezó a encontrar en su superficie un patrón, unas hileras finísimas que, según giraba el dedo bajo la luz de una lámpara, mostraban una factura rectilínea, perfecta. Aquello fue el inicio de una indagación corporal escrupulosa que le llevó a una pasmosa conclusión. No había más que ver las huellas microscópicas, como deposiciones de un inyector sobre un molde, que la mecánica distribución de la materia había ido dejando por doquier en su anatomía. A partir de ahí reparó en la lineal sucesión de sus pensamientos, en aquella manera de sentir, siempre tan exacta, sin percibir obstáculos ni divergencias, buscando el camino más corto hacia la satisfacción de los deseos o la resolución de problemas. Esa comprobación le llevó a echar de menos algunas cosas y a comprobar que otras que hasta entonces le habían parecido debilidades impropias de un ser superior -recuerdos de infancia, ilusiones adolescentes,  la zozobra agridulce de vivir- le habían sido artificialmente implantadas.


      Y solo entonces se le hizo dolorosamente evidente que todo él había sido fabricado por una impresora 3D de última generación.

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