miércoles, 28 de junio de 2017

OROPÉNDOLA



            Durante mucho tiempo oropéndola fue para mí tan solo -¡tan solo!- una de nuestras más bellas palabras. Su pronunciación  me inundaba de gozosa e íntima fruición. Dulcemente esdrújula, gongorina, ondulante, me llevaba a la cumbre tónica desde su ladera oscura y luego me empujaba rodando hacia la luz final de la vocal más abierta. Sabía de ella que era nombre de ave y poco más. Reconozco mi incapacidad para catalogar  más allá de unas pocas y comunes espacies de pájaros. Su fugacidad consustancial me impide diferenciarlos en su morfología y sus trinos me siguen resultando  indescifrables. De esta forma la oropéndola llegó a ser para mí criatura mítica de un bestiario fantástico, ave fabulosa como el roc, la garuda indonesia o el ave fénix,  que debía su existencia al mero encanto de su designación. Daba por hecho que nunca vería una oropéndola y que si la veía no sabría que la estaba viendo.

            Pero la curiosidad no descansa y un día la busqué en el diccionario académico para conocer su etimología.  Aprendí así que esta palabra está compuesta de los términos latinos aureus y pinnula, lo que equivale a 'pluma de oro'. Habría que nombrarla patrona de los escritores, escribientes, escribanos y pendolistas. Seguí leyendo y en la normalmente fría y aséptica descripción del diccionario encontré un detalle delicioso. La oropéndola "hace el nido colgándolo, con hebras de esparto o lana, en las ramas horizontales de los árboles, de modo que se mueva al impulso del viento." En la última proposición subordinada, en la sutileza del subjuntivo, adivinamos una intención maternal o de danza o de ingravidez. Este nido-cuna brizado por la brisa aumentó mi estima por tan extraordinario pájaro.

            Una oropéndola estaba aguardándome muy cerca, paciente, ya sin la agitación temblorosa del miedo, pero yo no lo sabía. En el Museo de Ciencias Naturales del IES Antonio Machado donde he dado clase muchos años había un viejo ejemplar disecado y un día mis ojos  asombrados repararon en él. Un ave disecada es algo muy parecido a una palabra en el diccionario: tristeza embalsamada. Ambas deben de sentir la nostalgia de la vida que les falta. El corazón del taxidermista ha de ser tan frío como el del lexicólogo, aunque estos, alguna vez, se permitan un pellizco poético en la prosaica sintaxis de las definiciones. ¡Qué destino de Tántalo el del diccionario, contener toda la poesía, todas las emociones y no ser capaz de activarlas! ¡Qué oficio dolorido el del taxidermista, acicalar la belleza de lo muerto!

               Contemplar este bello pájaro disecado conmueve. Hay en él el recuerdo del vuelo y el canto, la melancolía de un diminuto corazón detenido. El umbrío bullir del bosque y la pletórica libertad del cielo. Lánguido simulacro de lo que  ya nunca volverá a ser. Por eso, porque no quiero que la rigurosa y polvorienta quietud de la muerte acabe por contagiarse a tan hermosas sílabas me impongo dos tareas:

           -Sorprender su pronunciación en boca de un niño campesino.

                    -Descubrir una oropéndola posada en un árbol, captar el reflejo dorado de sus alas, escuchar su voz.


            Solo así la palabra me habrá entregado todo su sentido.




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